Reviviendo a Torquemada

07 Enero   478   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Por si lo tiene olvidado, Tomás de Torquemada fue el más famoso (y sangriento) jefe del Tribunal de la Inquisición española entre el siglo XV y XVI. De él se dice que, bajo su dirección, la Inquisición juzgó, condenó y ejecutó a miles (la cifra fluctúa entre dos mil y diez mil) de personas acusadas de supuestos delitos contra la fe.

La Inquisición no toleraba, y por ello juzgaba y sancionaba, cuestionar ciertos postulados inconmovibles, ciertos supuestos absolutos, y erigía como axiomas irrecusables determinadas “verdades” de las que no se admitía controversia. Recordemos que en aquel tiempo en Europa no se toleraba pensar que la Tierra gira en torno al Sol y que, por afirmarlo, Copernico pasó susto y Galileo fue juzgado y condenado. El listado de científicos, filósofos y humanistas perseguidos por discrepar del pensamiento oficial y poner en duda esas “verdades” absolutas es enorme. Tanto, como lo es el listado de errores cometidos por la Inquisición.
Es que hacer afirmaciones absolutas y declararlas como una verdad que no se puede cuestionar, so pena de sanción, es la negación misma de la libertad de pensamiento y expresión, así como constituye un retroceso gigante de la modernidad.
Todo esto, a propósito del proyecto de Ley, actualmente en discusión en la Cámara de Diputados, que busca establecer como un delito negar las violaciones de los Derechos Humanos ocurridas en Chile durante el régimen militar.
¿Es dable, a esta altura de nuestra evolución democrática, censurar y mandar a la cárcel a quien se atreva a afirmar que cierto “detenido-desaparecido” no es tal? ¿Y qué ocurriría si, ya encarcelado, el supuesto desaparecido aparece? No olvidemos que la Tierra se suponía plana, hasta que se demostró que no lo es. No olvidemos, tampoco, que a Stalin se le consideraba el paladín de la justicia y la libertad, ensalzado por Neruda, hasta que se descubrió sus horrendos crímenes. ¿No es cierto que los propios jerarcas soviéticos asistían a homenajear a las víctimas de la Matanza de Katyn y culpaban a los nazis, hasta que los historiadores descubrieron que esa horrible masacre fue ordenada por el propio Stalin?
Mantener visiones críticas, cuestionar las verdades oficiales y postular interpretaciones discrepantes, siempre han sido parte de la labor del investigador, del periodista, del historiador. Una norma como la comentada podría entrar en abierta colisión con la libertad de conciencia, de expresión y también contra la autonomía cultural de la investigación histórica. Hay innumerables ejemplos de sucesos históricos aparentemente incontrovertibles que, mediante el cuestionamiento y la paciente investigación, finalmente cambiaron por completo de sentido.
Amenazar con sanciones, con cárcel, a quien se atreva a cuestionar las verdades oficiales es tan próximo al nazismo como al stalinismo. Prohibir la investigación, sancionar a quien se atreva a formular tesis nuevas, castigar a aquel que interpreta de manera distinta ciertos hechos es volver a la Inquisición, al oscurantismo y a revivir a Torquemada.