Domingo, 23 de Septiembre de 2018
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Opinión

“Señor, ¿a quién iremos?” Vigésimo primer domingo del año. Juan 6, 60-69.

P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?». Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».
Para un grupo de discípulos resulta muy duro escuchar a Jesús, como dicen. Les resulta “muy imposible” que un hombre nacido entre ellos diga que conoce a Abraham, que ahora resulta que los invita a comer su carne y beber su sangre. Además de ser muy difícil de comprender es una situación que los pone al límite de lo que su fe les permite creer: no te harás imágenes de Dios, no adorarás a nadie más que al Señor Yahveh, y someterse a cultos paganos que practican el comer carne humana, la antropofagia; es una decisión muy complicada para quienes no tienen un razonamiento más abstracto y entienden de manera literal.
Hoy siendo difícil todavía, pero la formación actual permite que puedan abrirse a las palabras de Jesús que son dichas en un sentido simbólico, en una invitación a adherirse más profundamente a su doctrina y a su manera de hacerla vida. Comer su cuerpo y beber su sangre nos invita a hacer propio todo lo de Cristo, a ser otro Cristo, nos dirá el Padre Hurtado.
En el texto, Jesús, no se detiene, sino que mantiene su palabra de tal manera que surge la voz de Pedro que al hablar reconoce que no tiene a quien más seguir. “Solo tú tienes palabras de vida eterna”, hay por lo menos uno que se ha dado cuenta quien es Jesús y su testimonio será un respaldo gigante para los que continuarán al lado de Jesús.
Porque ellos han sido los que han hecho el recorrido que los ha llevado hacia hombres y mujeres que se han visto llenos de esperanza y satisfechos con la respuesta que Jesús les ha dado en sus discursos y luego han sido testigos de la sanación de todos los enfermos, que además, significan el perdón de todos los pecados y su integración a la vida de la comunidad sin ninguna diferencia al resto de los hombres. Y más encima han tenido la sorpresa de la multiplicación de los panes y los peces con la participación de un joven que compartió lo que traía y alcanzó para cinco mil hombres sin contar a las mujeres y los niños, sobrando doce canastas, signo de la patria nueva formada por las doce tribus renovadas.
Para Pedro, no hay alguien más que pueda darnos tanta evidencia de la venida del Reino de Dios y su justicia. Eso le hace ir poco a poco entrando en ese gran misterio que significa la presencia de Jesús. No es posible confiar en nadie más: solo tú tienes palabras de vida eterna, vuelvo a repetir con Pedro.
Hoy, por otras razones que nos avergüenzan, muchas personas quieren alejarse, estar lejos de Jesús. O más bien de quienes actúan “en persona de Cristo”. Porque no han dado testimonio de bondad y cuidado de las ovejas. Eso nos duele profundamente, pero también nos desafía a purificar las intenciones vocacionales y a preocuparnos de la buena formación intelectual, humana, en definitiva, integral de quienes serán los ministros de la Iglesia, para que su presencia sea siempre de confianza, de seguridad, de amistad con todos. Para que nunca tengamos desconfianza de Jesús, a quien ellos nos conducen.

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