Lunes, 19 de Noviembre de 2018
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Opinión

“Señor, tú lo sabes todo. Sabes que te quiero” Tercer domingo de Pascua. Juan 21, 1-19

P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

Continuamos con los evangelios que nos hablan de la resurrección de Jesús y su aparición a los discípulos.

Hoy los encontramos en el lago. Uno puede hacer una lectura afectiva de este texto y puede imaginar a los amigos tristes y desesperanzados por haber perdido a alguien tan querido. Es la historia de todos los que pierden a un ser querido que deben vivir un duelo que a veces es muy largo. Pedro sin más que hacer se decide a salir de pesca y otros lo acompañan. Me vuelvo a imaginar a quienes ya no tienen la novedad diaria del seguir a su Maestro que les daba cada día una muestra de su sabiduría y de su poder enseñando, sanando enfermos, conversando en largas horas con ellos y en los momentos de soledad con su Padre Dios. Están deprimidos y vuelven a lo que conocen, si fuera Jesús, estarían con él; pero sin maestro, lo más seguro y acogedor es el lago, donde ya conocen y están protegidos por ese entorno. Como ya lo decía, es el proceso de todas las personas que viven un duelo.

Pero estando en el lago, pareciera que la historia se vuelve a repetir, un desconocido les pide pescados y les pide lanzar la red hacia donde seguro encontrarán peces. Esa llamada les agita el corazón y obedecen sin decir nada ya que se dan cuenta que aquel que les habla es el Señor. Es el que los había sacado del lago y los había constituido en pescadores de hombres. No dicen nada porque saben que es Jesús y seguramente les da vergüenza haber dudado y haber dejado la tarea que se les había encomendado, les da vergüenza su poca fe.

Luego de la comida, Pedro habla con Jesús y recibe las tres preguntas a las cuales responde con la mayor de las confianzas porque sabe que lo ha negado. Ahora no es con la inmediata respuesta que brota del ánimo y de la impetuosidad, de su apurado asombro en cada situación vivida con Jesús. Hoy responde con la certeza que da el saberse amado a pesar de la debilidad, con la seguridad que le da el haber sido tratado con misericordia. Su triple negación, hoy se ve sanada con la triple declaración de amor al Señor y con ese ministerio de misericordia: Apacienta mis corderos.

Para cada uno de nosotros los que creemos en Cristo, lo fundamental es haber sido encontrados por él. No una, sino dos o más veces, como los apóstoles que hoy son nuevamente encontrados en el lago y nuevamente invitados a seguir a Jesús, ahora resucitado. A ser agentes de misericordia, hombres y mujeres que han sido amados y que comunican ese mismo amor del Señor.

Cuanta gente vive en el mundo como de duelo, porque sufre de diversos males: tiene muchas deudas, tiene bajos sueldos, una educación deficiente, mala atención en centros de salud, mala relación con los vecinos que los hacen estar encerrados, alejados de sus países y familia para buscar el sustento, etc.; y cuánto desean que aparezcan personas de buena voluntad que les alivien el camino, que sean palabra de vida, que sean una mano que se tiende para poder alimentarse y volver a creer. Que nuestra Iglesia misionera sea ese rostro amable y esa palabra acogedora de Jesús para todos en este tiempo de la historia.

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