Ser Laico IV

21 Febrero   377   Opinión   Jorge Navarrete Bustamante
Columnista Diario El Centro Jorge Navarrete Bustamante
Jorge Navarrete Bustamante

En columnas anteriores se ha analizado los valores morales de una persona laica a sabiendas que ninguno de esos valores son exclusivamente seculares pues los judíos también valoran la verdad; los hindúes valoran la responsabilidad, los cristianos valoran la igualdad, los musulmanes valoran la compasión… Y a ellos, los laicos les reconocen esos vínculos y los reciben con los brazos abiertos siempre que, cuando el código laico entre en conflicto con la doctrina religiosa, ésta última ceda el paso.

Por ejemplo, para ser aceptado en una sociedad laica, se espera que los judíos ortodoxos traten a los no judíos como iguales, que los cristianos eviten quemar a los herejes en la hoguera, excomulgarlos o violentar la libertad de conciencia de las personas en sus decisiones más íntimas, que los musulmanes respeten la libertad de expresión, y que los hindúes renuncien a la discriminación basada en castas.
Por tanto, en la sociedad laica no se espera que la persona reniegue de su dios o ritos pues un laico no les juzga por ello sino por su comportamiento. Ello porque que se sabe que hay científicos judíos, ambientalistas cristianos, musulmanes feministas e hindúes activistas por los derechos humanos. Así, si son leales a la verdad científica, a la compasión o fraternidad, a la igualdad y a la libertad se constituyen en miembros con plenos derechos en el mundo laico y no hay razón para que pedirles se quiten sus símbolos religiosos.
Por ello, la educación laica enseña a distinguir la Verdad de la creencia, a desarrollar la compasión hacia todos los seres que sufren sin distinción de ninguna especie, a apreciar la filosofía, la sabiduría y las experiencias de todos los moradores de la tierra, a pensar libremente sin temor a lo desconocido, y a ser responsable de sus actos y del mundo en su conjunto.
En definitiva, el compromiso ético y la responsabilidad social de una persona laica es tan elevada que a la mayoría de las personas les dificulta estar a la altura de un código tan exigente; asimismo a la grandes sociedad también les dificulta gobernar sobre la base de la búsqueda de la verdad y de la compasión pues en periodos de difíciles o de emergencia necesitan de consignas pegadizas, pautas claras y apasionados gritos de batalla que sí la gente encuentra en las religiones o en regímenes alambicados de dogma y secularismo como el nazismo, el fascismo, el stalinismo, el KKK, o la “mano negra del mercado” que, para la gente cotidiana, era o es mejor confiar y someterse a la “sabiduría del partido, o al sistema capitalista a ultranza”.
Por todo ello, y más, el laicismo esta perfectamente consciente que siendo una concepción del mundo posterior a las religiones y contemporáneo con algunos de los regímenes como los antes señalados, tiene el deber de persistir y de bregar aún más por auténticas sociedades laicas pues es la mejor senda para construir una humanidad inalienable, sustentada en la verdad verificada, sin pretensiones de infalibilidad, creíble, plena de compasión y de fraternidad verdadera.

(*) Libre pensador