Siempre, don Carlos

20 Septiembre 2018   1234   Opinión   Jorge Navarrete Bustamante
Columnista Diario El Centro Jorge Navarrete Bustamante
Jorge Navarrete Bustamante

Desde que nos conocimos él supo -se lo insinué- que yo era francmasón. Fue al iniciarse los años ‘80. Ello siempre nos unió. El respeto, la honestidad y una elocuente fraternidad se fue cultivando en la lucha por la recuperación de la democracia primero; y luego, en los años ´90, trabajando por superar la pobreza material y espiritual que imperaba en el Maule.
En los ‘80, recuerdo, como estudiante de la Universidad de Talca nos tomamos la Catedral pues carabineros y la CNI habían arrestado en una marcha estudiantil, en la Plaza de Armas, al estudiante de Artes Plástica Hugo Araya. Conversamos con don Carlos y le expresé que nos tomaríamos la Catedral para una huelga de hambre hasta que le dejaran en libertad. Me respondió que la Iglesia era la casa de Dios y que él nada podía hacer en contra. Yo le complementé que también era la Ecclesia o casa del pueblo, de la ciudadanía, esa antigua institución ateniense.
Don Carlos apoyó decididamente la libertad de ese estudiante; la francmasonería contribuyó a través del doctor Juan Schilling que diagnosticaba la salud de cada estudiante en huelga, de Miguel Belart que proveía de agua mineral para pasar los días, y los masones representantes de los partidos radical, socialistas y comunistas que infundían ánimo y organización para liberar a Hugo Araya.
Así, a los pocos días, unidos logramos reparar la injusticia a este estudiante puntarenense que sólo tenía en su mochila apuntes de estudios y, en su corazón, los ideales democráticos.
Solía recibirme don Carlos, en su casa, en el “Caserío Lircay”, para conversar con franqueza y calidez sobre nuestra rural región: a veces entorno a una “mano de brisca”, otras degustando un té y, en otras, cenando dignamente con otros hermanos católicos como Manuel Arranz, Felipe Egaña, Mario Molina y también hermanos francmasones como Jorge Venegas V., Francisco Ramírez C., y Luis Vergara R.
Más de una vez nos reunimos en su casa Obispal, la Casa de la Alameda y en la Casa Masónica de la 4 Oriente. Fue en los años ‘90, era invierno, hacía frío; él llegó a la Logia en el auto Peugeot azul. Yo le esperaba a la entrada, como habíamos concordado, para unidos al lado de la chimenea pensar al Maule y revertir la cruel pobreza de la época, que en definitiva mucho se avanzó.
Don Carlos solicitó fraternalmente conocer el Templo Francmasónico, abrió el Libro y se conversó con una amistad axiológica que tanto se ha extrañado últimamente en Chile.
Don Carlos fue una persona excepcional. Un hombre decente. Un ser humano bueno, inspirado en la Iglesia de opción por los pobres, y comprometido en la concreta acción compasiva hacia el prójimo.
Nuestra amistad de Obispo católico y Francmasón es indeleble.
Poco antes de su partida fui con un colega de la universidad, Carlos Torres F., a conversar sobre ruralidad y futuro del Maule. Nos despedimos con un abrazo fraterno, con un hasta siempre.
Por todo ello y más, a 10 años de su partida, hoy le entrego mi homenaje a Don Carlos: al Pastor, al amigo coherente, al hermano de siempre.