Silencio

03 Marzo   518   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

El silencio es un regalo que vale la pena degustar en momentos y ritmos de nuestra vida. Allí, todo calla y no tenemos ruidos estridentes ni perturbadores. En el silencio, por ejemplo, al contemplar un paisaje o lugar de recogimiento, los sonidos emergen naturales y cristalinos. 

Son como pequeños mensajeros, cual estrellas luminosas en el mar de la existencia, señales para surcar el rumbo con éxito. Silentes podemos sentir, entonces, a lo lejos, una voz leve que resuena; escuchamos, asimismo, el trinar de las aves en el jardín colorido; nos impresiona, también, la suave brisa que mece los follajes inmensos de árboles con troncos añosos; el arroyo del canal se oye salpicando entre piedras...
Es que el silencio nos abre a la riqueza del sentir; lo que tenemos, presente o ausente, es distinguido en plena fisonomía. Tomamos, además, posesión de nuestro cuerpo: percibimos el aire en su constante respiro y, el pulso del corazón, deja patente la presencia. Así, en medio de lo que nos circunda, surgen una a una las mociones del alma y del espíritu. Desde el interior de la consciencia brotan pensamientos, afectos y emociones.
¡Qué dicha es detener la marcha y disfrutar unas horas de serena quietud!
Ello favorece el tomar la distancia indispensable de tantos afanes inútiles y esclavizadores; despierta la agudeza para discernir cómo es demasiada la bulla invasora hasta embotar la vida o extenuarla en el febril trajín.
El silencio, en cambio, deliberadamente buscado, nos hace más atentos: a Dios, las personas, las cosas, los sucesos grandes o pequeños y los lugares. Hay ahí permanentes insinuaciones o llamadas para dar una respuesta.
De este modo, redescubrimos que vivir es servicio, entrega sencilla, alegre y solidaria. Esto me lo recuerda la campana que repica en el monasterio benedictino de Lliu Lliu, donde estoy cobijado como huésped.
Entonces, uno a uno, llegan los monjes para congregarse en la pequeña capilla. Lo hacen, para rezar el oficio de la oración de la tarde, las vísperas. Acompañados de un armonioso laúd, las voces recias van recitando y entonan salmos vigorizantes, llenos de consuelo. Y me uno a ellos en la plegaria litúrgica de gratitud: “Bendice alma mía al Señor y no olvides todos sus beneficios”.