Sobre el acoso

18 Julio 2018   1016   Opinión   Ignacio Cárdenas Squella
Columnista Diario El Centro Ignacio Cárdenas Squella
Ignacio Cárdenas Squella

Periodista

“¡Ay mísero de mí, ay, infelice!”: cual lamento de Segismundo protesto por la intención de no dejar que mi existencia fluya como el creador la ha deseado. Han aparecido borrascas que desearían que mis entrañas ya no se expresen como éstas lo requieren y necesitan.
Ahí mi queja, mi súplica por mantener mi albedrío intacto, más aún si tal coerción es a costa de mis gónadas. Ni las mariposas, ni los lirios del campo, o el infinito mar y las estrellas que acompañan mis noches, me limitan a regalarles mi lisonja para querer tenerlas mías y ser yo suyo, y contemplarlas y ojalá acariciarlas con la ternura y el respeto agradecidos de quien iluminan con su belleza.
Noche oscura en que la más valiosa y hermosa criatura, la reina dueña de la continuidad toda de la especie, se yergue vanidosa pretendiendo que sus encantos, despertar de la virilidad, nos sea ausente como si el torneado de sus piernas, la delgadez de sus estampas o el generoso llenado de sus carnes nos fueran ajenos como el escote en que asoman sus pechos insinuantes que se mecen coquetos, libres, a cada paso y coronados por el botón que quisiéramos abrochar con nuestros lampiños o velludos pechos.
Son las Evas que nos ocultan ahora la manzana como si el encuentro amoroso llevara el pecado que todos queremos como virtuoso, encantado placer, prolífico, natural entrega para poder seguir existiendo. No he visto jamás a la Luna enojada con los poetas que la aclaman y acosan con sus versos, ni nosotros agredidos con su luz. Sólo la extrañamos cuando se nos esconde en complicidad con las nubes como para provocarnos aún más cuando reaparece famélica u obesa, siempre rozagante, sonriente porque, ¡oh vanidosa!, se supo extrañada.
Fatídica será para nosotros la injusta pretensión de mirarlas como ausentes y colapsar la natural espontaneidad que de nuestras entrañas fluye. “Verte desnuda es recordar la Tierra” clamaba el gran Federico. “Tengo miedo de verte, necesidad de verte, esperanza de verte, desazones de verte…”, las sufría Benedetti. O Huidobro: ”Mujer el mundo está amueblado por tus ojos/Se hace más alto el cielo en tu presencia/La tierra se prolonga de rosa en rosa/Y el aire se prolonga de paloma en palo”.
Imposible castrarnos, matar el instinto que nos pide acosarlas con palabras de porcelana y, pretendida ambición, tenerlas nuestras como nosotros de Uds. Mala hierba, de mala tierra la que pretenda no ser pretendida e infecundo eunuco el que no necesite pretender. Negarnos esa vital aventura es caer al sillón del sicoanálisis, es arrugar el sentimiento, es agredir al viento que nos mueve el deseo, es matar los besos.
Imposible no ser los Adanes que quieren su manzana pero que han de conquistarla sin arriesgar su frescura y logrando la humedad palpitante de la dueña. ¿Para qué os acicaláis si no es para “verlas mejor” como el lobo a la Caperucita?
Acaso sea ganarse el infierno terrenal para las que quieren despojarnos de la natural conquista y quedarse mustias sin recibir el seductor halago que nace de nuestras mismas células.
Cierto, también estará el abismo, el averno, para aquellos que enervan el santo acoso y lo marchitan, lo envenenan, con la palabra ruin que no ha despertado de la perfecta mezcla del sentimiento y el deseo.