Títeres en pánico

08 Abril   310   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Cuando todos percibimos que, en esto de destapar nuevos casos de corrupción, pareciera que no quedará títere con cabeza, me imagino el pánico que debe estar embargando a los susodichos.
¿Queda algún sector, alguna institución, cierta instancia social o categoría de persona que no se haya visto involucrada en recientes casos de corrupción? La respuesta es triste, pero hay que darla. No queda. Y si bien las responsabilidades siempre son personales, cuando observamos lo extendidas que están ciertas prácticas corruptas al interior de diversas instituciones, querámoslo o no, el juicio negativo se extiende a toda la entidad.
Cuando se intenta hacer un recuento, por rápido y somero que este sea, la conclusión siempre resulta deprimente. Desde los prohombres de la política, pasando por sus diversos Partidos y las instituciones que integran, algunas ramas de nuestras Fuerzas Armadas, donde tantos justos están expiando las culpas de otros tantos pecadores, la Iglesia Católica, que resultó sabedora de múltiples pecados, más por práctica que por libros y, recientemente, algunos miembros de los Tribunales Superiores de Justicia. Si el Lector saca la cuenta, la conclusión a la que llegue no será muy diferente al título que he puesto. El destape de la corrupción en nuestro país no está dejando títere alguno con la cabeza en su lugar.
¿Qué se puede hacer en este caso?
Se entenderá que no hay receta única. La más simple es el desvío de la vista, haciendo como que no se ve lo evidente y acostumbrarse a convivir con estas prácticas, actitud que numerosos países han mantenido por décadas. Allí la corrupción forma parte del paisaje, se admite como consustancial a la vida social y no sorprende a nadie. Conocemos varios casos, unos cercanos y otros más lejanos, en que el soborno, la coima, el enriquecimiento súbito al dejar el cargo y prácticas así, sorprenden tan poco, como enterarse de la vida harto más carnal que espiritual de hombres supuestamente más allá de la tentación.
Otra receta, contraria a la anterior, es destapar cuanto caso se conozca, “hasta que duela” como diría San Alberto Hurtado (a quien habrá dolido infinitamente la acusación que pesa sobre su discípulo Renato Poblete). Esta actitud de denuncia implacable, juicio severo y castigo ejemplar también tiene sus riesgos: la cacería de brujas que puede desatar, las arbitrariedades cometidas en el fervor de la denuncia y la intolerancia social que provoca podrían ser efectos colaterales tan dañinos e injustos como la lacra que se quiere extirpar.
Al final, en este caso como en tantos, no hay mejor consejo que la búsqueda del justo medio. No debemos voltear la vista a la injusticia o a la deshonestidad manifiesta, conformándonos con meros cumplimientos formales. Pero tampoco podemos dedicar el tiempo presente, escaso y fugaz, a recriminar todo y a todos, por falaces que hayan sido. “In medio stat virtus”, decía San Agustín: en el medio está la virtud. Y la confianza de mantener algunos títeres con cabeza.