¿Tolerar la intolerancia?

09 Abril 2018   1377   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Siento que esto de la tolerancia y su antónimo funcionan para un solo lado. Y que los que acusan de intolerancia a los demás, en realidad, lo que buscan es que se les aguante a ellos lo que sea, sin tener la más mínima intención de hacer lo mismo con los otros. Muchas sociedades han caído en ese vicio. Antaño, e incluso en estos días. Nosotros, por ejemplo.
La golpiza que intentaron propinarle a José Antonio Kast en la Universidad Arturo Prat, en Iquique, ilustra lo que digo. El ex candidato presidencial acudió a la Casa de Estudios con la intención de exponer sus ideas a quien quisiera escucharle. Nada hay más connatural a una Universidad que la expresión de las ideas. Pero un grupo de personas, algunos comunistas, mediante golpes y patadas pretendieron acallarle.
El hecho no puede ser más simbólico de un comportamiento intolerante. Aquellos que mediante la violencia intentaron impedir que alguien expresara sus ideas, acusándole de supuesta adhesión a la dictadura chilena de hace 40 años, militan en un partido político que ha apoyado a Stalin, a Fidel, a Pol Pot, a Kim Kong-un y a cuanto tirano y genocida de izquierda ha existido en el mundo.
Impedir que alguien hable, argumentando la defensa de la libertad es, cuando menos, cinismo. Y hacerlo usando la violencia es, sin matices, una intolerancia. Tanto como justificar la quema de un muñeco, supuestamente la imagen del mismo Kast, unos días más tarde en Valparaíso, señalando que era, nada más, una lúdica expresión de la tradición de Semana Santa. ¿Dirían lo mismo si la figura representara al diputado Hugo Gutiérrez?
El problema en cuestión no lo observamos sólo en el debate público acerca de la Ley de Género o el tema del aborto. Lo vemos también en prácticamente cualquier polémica, por pequeña o grande que sea. El cuidado de las mascotas, los cultivos transgénicos, las modas, la música, los inmigrantes o los pueblos originarios. Casi todo brinda motivo a una expresión de sectarismo o de argumentación dogmática que asombra por la facilidad con que se excluye, se omite o se discrimina, en nombre de la única verdad, la propia.
¿Será que, pese a los discursos de inclusión y tolerancia, estamos deviniendo en una sociedad de intransigentes, incondicionales y fanáticos?
En esto de la tolerancia no hay lugar a las reservas, a los matices o los circunloquios verbales. Ser tolerante, en el plano de las ideas, es aceptar que en los demás puede haber tanta verdad como creemos tener. Ser tolerante es permitir e incluso defender el derecho de los otros a discrepar, a discutir y a cuestionar.
Hoy, cuando observamos tanto fanatismo e intransigencia en el debate público, creemos necesario recordar que la tolerancia no tiene un signo político privilegiado, un género preferido o una única fe verdadera. Los chilenos necesitamos aprender que la tolerancia es “la cortesía de la inteligencia” (Pedro Emilio Coll) y que “es propio de hombres de cabeza pequeña, embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza” (Antonio Machado).