Trabajo

02 Mayo   459   Opinión   Jorge Navarrete Bustamante
Columnista Diario El Centro Jorge Navarrete Bustamante
Jorge Navarrete Bustamante

El hombre es un ser natural, forma parte de la naturaleza y hunde sus raíces en ella. Es un ser biológico, sometido a las leyes de la vida. Pero es más que un simple animal, es algo distinto a un mero ser viviente.
En efecto, se distingue de los animales porque piensa, porque crea y porque se relaciona con la naturaleza de un modo absolutamente nuevo: extrae de su seno los elementos naturales para modificarlos y hacer de ello sus medios de existencia.
De esta manera, el hombre intercala entre sus necesidades y el acto de satisfacerlas, un acto fundamental: el trabajo.
Es el trabajo lo humano por excelencia; es el trabajo lo que hace al hombre, hombre; es el trabajo lo que diferencia lo humano de lo meramente animal; es el trabajo lo que confiere al acontecer humano ese específico dinamismo de su transcurso que lo convierte en un ser histórico, siempre nuevo y distinto, siempre otro, siempre rico en potencialidad y perspectiva.
Y es así, porque al trabajar, al modificar la naturaleza para satisfacer sus necesidades, el hombre se modifica a sí mismo, y, por tanto, tiene una connotación de trascendencia, de eternidad.
Paradojalmente, siendo el trabajo la raíz y fuente de lo humano, la razón de su poderío y de su riqueza, siendo el trabajo lo que espiritualiza al hombre y lo coloca en el rango supremo de lo existente, ocurre que ese mismo trabajo, para las grandes mayorías laborales del mundo, es aún causa de pobreza, de impotencia, de dolor y de injusticia: no reciben un trato ni un salario proporcional a la cantidad y calidad de trabajo realizado.
De ello da cuenta la historia y, lamentablemente, también el presente. “¡Ocho horas de trabajo!, ¡Ocho horas de descanso reparador! ¡Ocho horas de estudios!” fue el gran lema del IV Congreso de la American Federation of Labour. Dos años después, el 1° de mayo de 1886, en Chicago, fueron ejecutados obreros por haber luchado por la concreción de dicha tríada. Por ello ayer se conmemoró, a escala planetaria, el día de Trabajo.
En Chile, desde los últimos lustros del siglo XIX, y los primeros del XX, los trabajadores se organizaron en mutuales, embrión de los sindicatos. En 1903, se reprimió la movilización de los obreros portuarios de Valparaíso; en 1905 la de la carne; en 1907 la matanza de la Escuela Santa María de Iquique. En 1909, se funda la Federación Obrera de Chile; en 1955 Clotario Blest se constituye en el primer presidente de la CUT. Durante la dictadura de Pinochet grandes conquistas laborales fueron abolidas: aún hoy día perdura el trabajo precario y los rompehuelgas; encubierta presiones anti sindicales, y contra negociaciones colectivas; el aprovechamiento de subcontratista, y la negativa de un sector de derecha en el parlamento a fortalecer el código y la fiscalización laboral.
En definitiva, Chile, aún en el siglo XXI, tiene por desafío respetar normas fundamentales consagradas en la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Me anima la certeza que el mañana será más justo y digno.