Trabajo precario

05 Mayo   582   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

El jueves pasado -1° de mayo-, se conmemoró el día del trabajo, fecha emblemática que recuerda los tristes sucesos de Chicago, Estados Unidos, en 1886. A las luchas organizadas de los operarios, le siguió la tragedia que conmovió al mundo entero, por la muerte de dirigentes, mártires obreros cuya causa reivindicó dignidad: ocho horas laborales y días de descanso. En tiempo de la “revolución industrial”, las fábricas y empresas sometían al trabajador a extenuantes jornadas que iban de 12 a 16 horas, sin descanso semanal y salarios miserables, aparte de otras condiciones que resultaban insoportables.
El impacto que tuvieron los turbios acontecimientos, hizo que cada día del trabajo fuese momento de reflexión y de conciencia para los asalariados, las organizaciones sindicales y los diversos estratos sociales, incluyendo a los que lideran o son dueños de las empresas, sean éstas públicas o privadas.
Es que los procesos sociales consolidan convicciones comunes más humanas en lenta maduración e implican, por desgracia, conflictos agudos. Si la historia es “maestra de la vida”, vale la pena tener presente cuánto sacrificio demandó a generaciones enteras, el reconocimiento de los actuales derechos laborales en pueblos y estados, así como la conciencia sobre el trabajo digno.
De nuestro tiempo es la conciencia mayor sobre el trabajo y su inviolable dignidad. Sin embargo, paradójicamente, nuestra época manifiesta graves e injustas situaciones laborales, verdaderamente denigrantes. A la conciencia de los derechos y los deberes laborales, desafortunadamente, le siguen condiciones muy frágiles y de abusos a los trabajadores. Las grandes desigualdades sociales persisten y la carga de muchas labores no está equitativamente recompensada. El asunto es cómo y en qué circunstancias se desempeñan ciertos trabajadores en el presente, a veces, dependiendo del arbitrio, capricho, la prepotencia o derechamente, la más flagrante explotación desvergonzada.
Es que el “mercado” del trabajo es flexible, dinámico y exigente... De ahí la necesidad de cambios y capacitación continua. Entonces, la flexibilidad indica el trabajo precario. Por eso, al empleado y a los trabajadores se les pide “habilidades” para “venderlas” en el mercado… Pero las oportunidades reales de ese “mercado” son esquivas y muchas veces, las que hay, esclavizan más. Sobre todo, para la juventud.
Es el flagelo que sufren muchedumbres anónimas que trabajan en nuestro país, y que conviene tener en cuenta.