Trump no se tambalea

29 Septiembre   315   Opinión   Abraham Santibáñez
Columnista Diario El Centro Abraham Santibáñez
Abraham Santibáñez

Secretario General Instituto de Chile

Ya lo he contado antes: apenas se instaló Donald Trump en la Casa Blanca, en los corrillos diplomáticos de Europa se acumularon las apuestas acerca de cuanto duraría en el cargo. Me lo dijo un ex agregado de prensa en Santiago que, según sospecho, sigue estando muy cerca de su Cancillería.
La sabiduría en el manejo de las relaciones exteriores del Viejo Mundo es el fruto acumulado del trabajo de políticos prudentes, embajadores sagaces y militares experimentados. Todos, o la mayoría, pensaban que la impredecible personalidad de Trump, lo llevaría pronto al desastre.
Hasta ahora, sin embargo, no ha pasado nada.
Trump sigue mostrándose como un excéntrico descontrolado: ha sido grosero con las damas (en Londres cometió el pecado de poner su mano en la persona de la Reina Isabel II); ha desplegado su agresividad colocando al mundo en una guerra comercial “estúpida, dañina y absurda” como la calificó el Presidente Sebastián Piñera. Ha llevado el uso del twitt al paroxismo; ha tenido una relación pública de amor y de odio con el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, y ha ninguneado a respetables líderes de todos los continentes. Internamente, ha sido sarcástico, hiriente y poco considerado con las minorías y los inmigrantes, también con sus adversarios demócratas, como igualmente con sus correligionarios republicanos, incluyendo al difunto senador John McCain.
Además, se ha enfrentado de forma irascible y sin remilgos con la prensa tradicional, que -recordemos- siempre fue respetada, o por lo menos, temida como el Cuarto Poder.
Lo sorprendente es que, a pesar de todo, Trump sigue gozando de un amplio apoyo en sus bases electorales. El empleo está estable y creciendo y el Presidente se ha ufanado de que seguirá en el poder por un nuevo período. Esta identificación con los anhelos de corto plazo del votante común, del hombre y la mujer de la calle, ignorada en los análisis de los observadores europeos, explicaría por qué se han equivocado. Lo grave es que este eventual éxito de Trump como gobernante sin pelos en la lengua ni en el celular, permite entender el entusiasmo de los políticos que han seguido sus pasos en Europa o América Latina. Es el auge del populismo, la enfermedad infantil de los extremos, tanto de derecha como de izquierda.
Nada garantiza que su éxito sea duradero a largo o mediano plazo. Sus ganancias de hoy pueden ser efímeras. Lo demuestra el hecho de que viva en estos días su peor momento. Aunque por supuesto no lo reconoce, entró en un laberinto que lo obliga a frenar, aunque sea temporalmente su estilo. El ambiente en Washington se enrareció este otoño por la arremetida de quienes, finalmente, han descubierto la forma de enjuiciarlo y poner en marcha un proceso de “impeachment”, es decir, para lograr su destitución.
¿La razón? Su empecinamiento en el combate contra el demócrata Joseph (Joe) Biden, con altas posibilidades de convertirse en su rival en las elecciones, lo llevó a presionar al presidente de Ucrania. Su objetivo era que se investigara por presunta corrupción en ese país los negocios de un hijo de Biden.
La denuncia es grave y podría tener éxito en la Cámara de Representantes. Pero parece difícil que se apruebe en el Senado de sólida mayoría republicana.
En otras palabras: los analistas tradicionales siguen equivocados.
¿Hasta cuándo?