Sábado, 15 de Diciembre de 2018
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Opinión

Un amor que destruye el odio. Primer domingo de Adviento. Lucas 21, 25-28.34-36.

P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

“Jesús dijo a sus discípulos: Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación. Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre”.
Vivimos el inicio de un nuevo año litúrgico. Y este primer domingo de Adviento nos presenta un pasaje de san Lucas en el cual se destacan los signos que anteceden la venida del Hijo del hombre. Son imágenes con las cuales muchísima gente cree que existe un final del mundo, como ya comentábamos en el domingo de Jesucristo, rey del universo. Pero sería un poco extraño que un rey viniera a reinar donde todo ha desaparecido, donde no hubiera paisaje ni personas con las cuales compartir. Entonces nos cabe preguntarnos: ¿qué tipo de reinado es el que viene? ¿A qué se refiere con la liberación? ¿Por qué nos alerta acerca de quedar a salvo?
Son preguntas que han estado presentes durante toda la historia de estos dos mil años de Jesucristo en el mundo. Para los primeros cristianos, más bien para los judíos, estas escenas de destrucción se cumplieron efectivamente con la destrucción de Jerusalén y el Templo, pero permaneció el cristianismo y sus predicadores que se repartieron por todos los rincones del mundo conocido.
Me parece muy esperanzador el que podamos mirar hacia esa figura del Señor que nos renueva y nos permite mirar con otros ojos la realidad y la vida misma, ya que la novedad de la conversión trae efectivamente la destrucción de todo lo que se opone a esa presencia de vida en el mundo: el que se convierte al amor destruye los odios, las mentiras; el que mira a Jesús sabe reconocer en el otro su presencia por lo tanto destruye la discriminación, la falta de caridad, la envidia, la soberbia humana; el que mira el mundo con los ojos de Jesús destruye con esa mirada comprometida la desertificación de los campos, la contaminación de los ríos, la impureza del aire que necesitamos para respirar.
La venida del Hijo del hombre solamente debe asustar a aquellos que tienen su corazón lleno de avaricia, de insensibilidad, de falta de solidaridad, porque quedará totalmente destruida esa realidad cuando en el corazón humano anide la vida nueva de Jesús.
El tiempo de Adviento es un momento de preparar el corazón para que venga a nacer de manera efectiva el Señor, no es algo que ocurre solamente en la liturgia, sino que acontece en la realidad donde los que confían en Jesús que viene lo hacen cercano en palabras y gestos liberadores.

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