Sábado, 23 de Septiembre de 2017
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Opinión

Un asado en el jardín

Abraham Santibáñez

Premio Nacional de Periodismo

Carlos, el guía que contratamos en Copiapó, estaba indignado: “No puede ser. Voy a denunciarlos”. La causa de su molestia eran los ocupantes de cuatro automóviles que se habían instalado en la quebrada cerca de Totoral, donde estábamos. Atraídos, igual que nosotros, por el maravilloso espectáculo del desierto florido, no mostraban respeto alguno. Habían encendido fuego para un asado y tenían cuatro perros sin correa ni control. Antes de partir, Carlos increpó a los desaprensivos visitantes. Se rieron apenas dimos vuelta la espalda.

No sabíamos que ese mismo fin de semana, una docena de aviones civiles había aterrizado cerca de allí en medio de la frágil y hermosa vegetación. La denuncia la hizo el Diario de Atacama y los resultados de cualquier indagación son inciertos ya que la legislación es todavía muy vaga.

La intendenta de la Tercera Región, Alexandra Núñez, informó que la Dirección de Aeronáutica Civil hará una investigación porque "podría haber delitos aeronáuticos en términos de que no estaban autorizados para aterrizar… Esto nos parece de una gravedad extrema dado el esfuerzo que hemos hecho para proteger cada vez más este patrimonio".

Según el periódico, la alcaldesa de Caldera, Brunilda González, aseguró que "cuando vimos esta denuncia en redes sociales nos indignamos y nos preguntamos por qué lo hacen. Aterrizan en pleno desierto con una gran floración; se sacan fotos y las suben a las redes sociales. Como autoridad reaccionamos rápidamente y envié a nuestros fiscalizadores al lugar y estos señores raudamente habían emprendido el vuelo porque una persona los habría enfrentado con indignación por el daño que estaban haciendo a nuestro patrimonio".

El lamentable episodio ha tenido, después de todo, el mérito de llamar la atención sobre un fenómeno único: la capacidad de decenas de especies vegetales que sobreviven en medio del árido desierto, esperando por años una lluvia vivificadora. El resultado es como dice nuestro himno nacional: miles de hectáreas de “campos de flores bordados”.

Sernatur ya ha registrado 25 mil visitantes. Se cree que se duplicarán en las próximas semanas.

Los convoca algo imposible de imaginar si no se ha visto. La mayoría de nosotros tiene la imagen hogareña de un jardín con flores grandes y bien regadas. Aquí, en cambio, se trata de enormes extensiones de áridos arenales que, de pronto, florecen. El fenómeno que en estos días está en pleno desarrollo, puede continuar hasta comienzos de octubre. Son flores que se van renovando, según explican los expertos, porque tienen ritmos distintos de crecimiento y están en zonas de clima variado. Las hay pequeñas y algunas excepcionalmente grandes, todas de variados y hermosos colores.

Uno de los primeros informes al respecto es de 1885. Ese año Federico Philippi, parte de una expedición botánica enviada por el Gobierno, anotó que, después de “una espectacular temporada de grandes lluvias (se produjo) un sorprendente desierto florido, de esos que ocurren con una frecuencia irregular”.

En ese tiempo, claro, no había irresponsables aviadores ni automovilistas dispuestos a aterrizar o estacionarse para hacer un asado en medio del jardín y después echarle la culpa a “un desperfecto” que no habían anunciado hasta que fueron sorprendidos.

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