Un joven trae pescados y panes, ¿qué traes tú? Décimo séptimo domingo del año. Juan 6, 1-15.

29 Julio 2018   1058   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

“Jesús atravesó el mar de Galilea llamado Tiberíades. Lo seguía una multitud, al ver los signos que hacía sanando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a Él y dijo a Felipe: ‘¿Dónde compraremos pan para darles de comer?’. Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: ‘Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan’. Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo; ‘Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?’. Jesús le respondió: ‘Háganlos sentar’. Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos. ‘Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada’. Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: ‘Éste es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo’. Jesús, sabiendo que querían apoderarse de Él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña”.
Jesús es el misionero que hace presente el Reino del Padre. Lo visualiza por medio de los signos que realiza al sanar a los enfermos y cuando les habla largamente devolviéndoles la esperanza en Dios, les ayuda a ponerse de pie y seguir luchando por hacer un mundo mejor.
Se manifiesta como el gran profeta que alimenta a una inmensa muchedumbre haciendo el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Su palabra despierta la solidaridad de un joven que no se queda con una colación personal, sino que la deposita para que pueda partir esa gran cadena solidaria. Jesús hace el milagro, es algo real, pero parte de la colaboración de los hombres. Se multiplica el pan, pero se multiplica el compromiso de los hombres por la vida de todos y se abren los bolsos y los corazones para que el alimento alcance para todos, de tal manera que luego sobran doce canastas.
Cuan necesario se hace esa presencia de Jesús en medio de nosotros hoy. No solo de pensamiento, de ideas o adhesiones intelectuales; sino que de manera vivencial para que por encima de los movimientos económicos surja una actitud compasiva que despierte el compartir especialmente con los más desposeídos de la tierra. Podemos mirar de manera inmediata el continente africano y su pobreza provocada por la colonización de las potencias, lo mismo se puede decir de América y el dominio de las economías gigantes.
Para lograr esa realidad no hay que nombrar rey a Jesús, sino que hay que dejar que él reine en el corazón de cada hombre y mujer que vive en el mundo; de cada hombre y mujer que gobierna los países del mundo, para que se despierte el deseo de cuidar la vida y eso implica las aguas, el aire, la tierra. Implica una actitud de compartir con los que menos tienen en el mundo para que de manera integral se alcance el desarrollo.
Jesús espera siempre más de la comunidad que le sigue, pero necesita una disposición, una opción de vida nueva que sepa ponerse en el lugar del otro, especialmente el que más sufre. Porque eso es lo que trae consigo una comprensión nueva de lo que se debe hacer.
La tarea misionera que hemos ido reflexionando en los domingos pasados implica una conexión con la vida diaria. La Fe en Jesús es mirar la realidad que grita, para transformarla.