Jueves, 20 de Septiembre de 2018
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Opinión

Un mal pronóstico sin una difícil tarea

Ignacio Cárdenas Squella

Periodista

En una conversación reciente con unos amigos, en su mayor parte autodenominados católicos, se planteó la duda respecto de si la actual crisis de la iglesia católica -causada por los hechos ya tan conocidos de los abusos a menores y otros delitos sexuales cometidos en Chile y muchos países más por sacerdotes, obispos y hasta cardenales- será posible de superar. 

Los más catastrofistas coincidían en que es algo muy difícil, si no imposible. Otros, en cambio, rememorando los tantos remezones y terremotos que ha tenido esa iglesia a lo largo de los siglos y de los cuales ha logrado levantarse, tenían un pronóstico optimista en cuanto a que no será este el fin. Ciertamente, tal confianza estaba firmemente sustentada en la fe y la mano de Dios que no permitiría tal descalabro.
Hace un par de semanas falleció un sacerdote, el cura jesuita de la familia, de esos que se podría llamar santo por el ejemplo de vida que siempre demostró; nacido en cuna de oro en Bélgica dejó todo por venirse a Chile y dedicar su vida al real servicio de aquellos que su Evangelio privilegia.
En mi pasar de estudiante por colegios de curas y también en otro especialmente laico y predominantemente masón y ateo, tuve la suerte de conocer ambos mundos y puedo atestiguar de muchísimos sacerdotes valiosos, sin duda la gran mayoría, como también de acérrimos “comecuras”, a los que también les pondría un altar. Con los años y transformándome finalmente en un convencido ex católico, me inclino a pensar que, mientras el papado y su jerarquía se mantengan – como ha sido su historia – al lado de los poderosos, podrán superar transitoriamente la crisis pero con la solidez del cartón piedra y, sin duda, de dudoso, más bien fatal, término.
Así, la fe y las oraciones no serán jamás suficientes para ser el templo de Pedro. Uno de los contertulios aseguraba que Dios no lo permitiría, valiosa fe pero que difícilmente explica que ese mismo Dios haya permitido, por los siglos de los siglos, que el Vaticano fuera – y lo sea – el cultor de lo que precisamente su doctrina no manda. Habla también, sin duda, de un Dios harto sordo – por el mal resultado - a las diarias y multitudinarias plegarias que claman por el destino de los pobres, de los perseguidos, de los débiles, que son sus hijos más amados.
Por lo mismo, las paganas invocaciones de persignarse al pasar por un templo, o al entrar a un campo deportivo, o los golpes del mea culpa, son ritos que no aseguran para nada el Reino de los Cielos. La muletilla del “gracias a Dios” para cuanta ventura sucede, no es más que palabra al viento.
Para los creyentes en la vida eterna, la salvación, no existe otro pasaporte más conocido y elocuente que leer e intentar pasar por este “valle de lágrimas” esforzándose por cumplir la doctrina de su Maestro.
Una tarea realmente ardua y todavía más imposible en tanto cuanto, nosotros, originarios pecadores, más adoremos lo material, el poder que al desgraciado que es nuestro hermano. Por eso, cuando recuerdo a mi cura fallecido y admiro su ejemplo, me llega la certeza que estará en su cielo el que, aunque no exista, lo construyó en la tierra, al lado de los hijos de su Dios.
Cuando el catolicismo y su jerarquía logren que sus apóstoles, los que tienen que guiar el rebaño, tengan esa consecuencia, ningún Dios pondrá en peligro la continuidad de su misión.

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