Sábado, 16 de Diciembre de 2017
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Opinión

Viaje sin tribulaciones

Abraham Santibáñez

Premio Nacional de Periodismo

En 1879 se publicó en Francia el libro “Las tribulaciones de un chino en China”, de Julio Verne. Desde que lo leí, siendo niño, he imaginado que si para un chino era difícil la vida en su país, debe serlo mucho más para un extranjero. Por eso, resulta sorprendente la facilidad con que se movió Donald Trump durante su reciente visita. Tanto fue el entusiasmo, que el diario La Segunda calificó el encuentro como un “idilio”. Es un exceso, pero retrata la sorpresa que marcó la reunión de Xi Jing pin y Donald Trump.
Justo a un año de su elección, enfrentando a corta distancia un enemigo declarado (Kim Jong-un), el presidente norteamericano mostró una faceta inesperada de su volcánico carácter.
Ni siquiera las dificultades de conexión a Internet parecieron molestarle, pese a su obsesión por los twits como forma de expresión. A través de la red le dedicó halagadores mensajes al dueño de casa: “Presidente Xi, gracias por una ceremonia de bienvenida tan increíble ¡Fue un despliegue verdaderamente memorable e impresionante!”. En otro comentario, aseguró que la cena oficial había sido “terrific” y que era “un muy, muy gran honor” haber estado juntos.
El camino al entendimiento estaba pavimentado en cierto modo por la coincidencia de ambos jefes de estado frente a la agresividad desplegada por Corea del Norte. Pero, nadie imaginó el tono conceptuoso de Trump dado que en la campaña dirigió constantemente sus dardos contra la política comercial de China por su impacto en el empleo en Estados Unidos.
Esta vez se mostró comprensivo: “¿Quién podría culpar a una nación por aprovecharse de otra para beneficiar a su pueblo?”. Peor aún: la verdadera responsabilidad, insistió, es de los anteriores gobiernos norteamericanos. “En rigor, dijo, responsabilizo a los gobiernos anteriores (de EE.UU.) por permitir que se produjera y creciera este déficit comercial”.
El exuberante lenguaje de Trump tuvo un eco limitado en Xi. Fue, como correspondía, extremadamente cortés, pero mucho más medido. Puede decirse que es la misma distancia que hay entre los tuiteos de uno y el largo discurso (más de tres horas) del otro en el Congreso del Partido Comunista. Son dos caracteres y dos culturas muy diferentes.
A Trump no le importó tener que ofrecer la tradicional conferencia de prensa conjunta sin aceptar preguntas. Es lo habitual en China, pero en ocasiones anteriores, otros presidentes norteamericanos exigieron un cambio. Del mismo modo, Trump no le incomodó el tema de los derechos humanos en China. Obviamente, se trata de evitar “tribulaciones”, habría dicho Julio Verne.

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