Ya lo dije

01 Abril   2101   Opinión   Juan Carlos Pérez
Columnista Diario El Centro Juan Carlos Pérez
Juan Carlos Pérez

Licenciado en Historia. Egresado de Derecho.

Van a perdonar la pedantería del título, pero hace dos semanas dije, en esta misma columna, que la actitud con que se está reexaminando los hechos históricos, la intención de evaluar el pasado con las pautas, criterios y valores del presente, se iría ampliando a la vez que exacerbando.

Y ocurre que es exactamente eso lo que hemos observado esta última semana, cuando nos enteramos, por propia filtración del remitente, de las cartas privadas que el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se ha permitido enviar al Rey de España y al Papa Francisco. Dice en ellas el Mandatario mexicano que se hace necesario que el Monarca pida perdón a nombre de España, que haga “un reconocimiento de los agravios causados” y que se acepte que el proceso de conquista fue “tremendamente violento, doloroso y transgresor”. Comentando sus propias misivas, López Obrador ha señalado que su propósito al enviar las cartas fue “… que se haga un relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce como derechos humanos.”
Estimo que en la actualidad nadie podría discutir que el proceso de conquista española en América fue, efectivamente, violento, doloroso y transgresor. Pero, sin ánimo de empatar ni defender lo indefendible, la violencia se ejerció por ambas partes (no olvidemos la masacre de españoles de la propia expedición de Colón) y los excesos, sin duda, lamentables. No obstante, tal como señalé hace algunos días, no cabe calificar la conducta de aquellos hombres con las pautas con las que hoy se sanciona los delitos de lesa humanidad. Hacerlo, implicaría revisar toda la Historia y, me temo, poco sería lo que quedase del actuar humano si así lo hiciéramos.
¿Debe pedir perdón el actual Rey de España por lo que, guiados por los criterios de entonces, hicieron los conquistadores en el siglo XVI? ¿Debiera, entonces, como dijo Vargas Llosa hace unos días, el propio Presidente mexicano pedir perdón a tantos indígenas centroamericanos por los sangrientos sacrificios humanos que hacían con ellos los aztecas?
La espiral del perdón que podría desatarse sería interminable. No me imagino a millones de alemanes, nietos de aquellos que votaron eligiendo a Hitler en 1933, pidiendo perdón por los crímenes nazis. Tendrían que ser millones los rusos, nietos de aquellos soviéticos que nada hicieron para detener los horrores de las purgas y los gulag estalinistas, que tendrían que pedir perdón por aquel genocidio. ¿Y los europeos, por las Cruzadas? ¿Y los moros, por la invasión a España? ¿Y los italianos, descendientes de los romanos, por la violencia con que el Imperio Romano expandió sus fronteras en la Galia, en Britania, en Palestina y tanto más? ¿Debiera Isabel II pedir perdón por la manera en que los británicos “despejaron” (despojaron, más bien) de aborígenes el territorio norteamericano? ¿Debiera el Presidente Vizcarra pedir perdón por la masacre de los 77 soldados chilenos en La Concepción, en 1882? ¿Debiera hacer lo propio el Presidente Piñera con los descendiente de los peruanos muertos en el Morro de Arica?
Insisto en lo dicho hace semanas: el revisionismo con criterios del presente no conduce a nada, excepto revivir dolores, rencores y resentimientos.