“Ya nada debemos. Jesús ha resucitado” Domingo de Resurrección del Señor. Juan 20, 1-9.

21 Abril   562   Opinión   P. Luis Alarcón Escárate
Columnista Diario El Centro P. Luis Alarcón Escárate
P. Luis Alarcón Escárate

Vicario de Pastoral Social Párroco de Hualañé y de La Huerta del Mataquito

<El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: <<Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto>>. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: Él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos>>.
Hemos sido testigos, junto a los discípulos y a la mujer, de la tumba vacía. Hemos creído en ese testimonio que da cuenta de un hecho extraordinario para la humanidad entera y con repercusiones de una dimensión universal.
Hemos conocido esta buena noticia que nos habla de la resurrección de Jesús de Nazareth. El mismo que había sido crucificado ya no está en la tumba. Solo quedan los vendajes que lo cubrían. Su ausencia del lugar preparado para su cuerpo muerto empieza a cobrar sentido al correr el día cuando María Magdalena se encuentra con él en el cementerio y lo confunde con el cuidador. Luego los discípulos de Emaús que caminando apesadumbrados ven acercarse un peregrino como ellos y en la conversación les empieza a despertar una nueva esperanza que culmina en la cena donde se dan cuenta que era el Señor y vuelven corriendo a contarle a los demás su experiencia. Serán muchos los testimonios que nos hablan de su presencia nueva con los signos de los clavos en las manos y los pies, acompañados de la herida de lanza en el costado.
Esta nueva presencia de Jesús los lleva a darse cuenta de que la muerte no tiene poder sobre aquellos que creen en él.
Me recuerda un texto hermoso de “El Principito” en el cual, llegada la hora de partir, el niño le habla al piloto para contarle que su cuerpo quedará tirado en la arena del desierto. No te asustes, le dice, parecerá que he muerto; pero tú mira hacia mi asteroide: ahí estaré cuidando mis volcanes, estaré preocupado de mi rosa a la cual amo porque le he dedicado todo mi tiempo, también estaré junto a mi silla en la cual me siento a contemplar las puestas de sol que tanto me gustan. No te quedes mirando la arena ni ese cuerpo que me pesa para volver a mi asteroide. De ahora en adelante verás el cielo y ahí estaré brillando para recordar siempre nuestra amistad, para saber que siempre estaremos juntos.
La resurrección de Jesús es un acontecimiento que abarca toda la creación porque realiza plenamente la redención. Es eficaz porque ya no deben realizarse más sacrificios que deben pasar por la fuerza y el mérito humano.
Ya nada se debe. Su sacrificio, su culto no consigue más de lo que “ya” se ha obtenido. Está salvado.
Lo que hoy se requiere es su aceptación de este “regalo” divino. Que implica un estilo de vida resucitado. Que todo hombre y mujer haga presente las condiciones de hombre y mujer resucitado. En su compromiso por la paz, en las relaciones nuevas y fraternas, en el cuidado del mundo para que recupere su fertilidad y vuelva a producir frutos que nos alimente, agua que refresque la sed y nos limpie de todo aquello que muchas veces nos divide y nos impide ser buena noticia del Reino.