Iván Palomo G., director del Centro de Longevidad VITALIS, Universidad de Talca y del Centro Interuniversitario de Envejecimiento Saludable (CIES-CUECH); Coordinador de la Red Interuniversitaria de Envejecimiento Saludable de Latinoamérica y Caribe (RIES-LAC / COMLAT-IAGG).
Chile ya es un país envejecido. Según el Censo 2024, más del 20% de la población tiene 60 años o más (personas mayores), y en regiones como el Maule, esta proporción es incluso mayor. No me refiero a un escenario futuro, si no al Maule real, donde miles de personas mayores siguen activas, curiosas, con ganas de aprender y de seguir aportando, pero se encuentran con barreras económicas, territoriales y culturales que las excluyen.
La educación continua es uno de los pilares más poderosos del envejecimiento activo. Aprender en la vejez fortalece la salud mental, previene el deterioro cognitivo, amplía redes sociales y mejora la autoestima. La UNESCO lo ha señalado con claridad: el aprendizaje a lo largo de la vida es un derecho humano. Sin embargo, en la práctica, este derecho sigue siendo profundamente desigual para las personas mayores en Chile.
Hoy, la mayoría de los cursos, diplomados y programas universitarios de educación continua no están pensados para personas mayores o simplemente no son accesibles para ellas. No por falta de interés, sino por motivos muy concretos: no tienen recursos para pagar aranceles, no pueden costear la locomoción, especialmente desde sectores rurales o comunas alejadas.
Las universidades tienen una responsabilidad ineludible y deben avanzar hacia el modelo de universidades amigables con las personas mayores, ampliando su oferta de cursos, diplomados y experiencias intergeneracionales, donde jóvenes y mayores compartan aulas y saberes. El Centro de Longevidad de la Universidad de Talca está dando pasos en tal sentido. Pero esto, por sí solo, no basta. Aquí es donde el llamado debe ser directo y sin eufemismos.
Sabemos que el Gobierno Regional (GORE) financia proyectos de innovación, emprendimiento y capital humano. Teniendo en consideración el envejecimiento poblacional, también debería financiar educación continua para personas mayores. Es perfectamente posible crear líneas específicas para subsidiar a personas mayores que deseen estudiar en universidades, cubriendo aranceles, materiales y gastos tan básicos como la locomoción. Esto no es asistencialismo, es inversión en salud mental, participación social y cohesión territorial.
Las municipalidades están más cerca de las personas mayores que cualquier otra institución. Subsidios de transporte, becas educativas locales, convenios con universidades, uso de buses municipales para traslados a clases, o fondos concursables comunales para educación senior son decisiones políticas posibles hoy, no mañana. No actuar es una forma de exclusión.
Hablar de envejecimiento activo mientras se deja fuera a quienes no pueden pagar un pasaje o un arancel es, simplemente, una contradicción. Si de verdad queremos comunidades más inclusivas, debemos garantizar que una persona mayor no abandone su deseo de aprender por falta de recursos básicos.
Este es también un desafío cultural. Combatir el edadismo implica dejar de tratar la educación como un privilegio juvenil y reconocer que el aprendizaje tardío es un acto de dignidad, autonomía y justicia social. Las personas mayores no sobran en las aulas: enriquecen las aulas.
La Región del Maule envejece más rápido que otras regiones. Por eso mismo, tiene la oportunidad de liderar con decisiones valientes. La educación continua para personas mayores no puede seguir dependiendo de proyectos aislados o voluntades individuales. Requiere presupuesto, subsidios y voluntad política explícita.
En educación continua para personas mayores, ahora es el momento que el GORE, las municipalidades y las universidades conversen al respecto y generen convenios que garanticen que ninguna persona mayor que desee estudiar, deje de aprender por no tener recursos económicos suficientes.






