Lunes, Enero 26, 2026
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¿Amor de si, o amor propio?

Jorge Navarrete Bustamante. Académico de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Talca. Director de Magister en Gestión y Políticas Públicas. Presidente del Consejo de la Sociedad Civil del Maule.

En los últimos años se ha percibido innumerables conductas en las instituciones públicas y privadas, chilenas y extranjeras, sean éstas con o sin fines de lucro, académicas o espirituales, que lesionan el acontecer de las mismas instancias que dicen amar, respetar, defender y bien representar.

Esto es propio de la modernidad a la que nos hemos referido en artículos anteriores, aunque esta vez está adquiriendo marcado dramatismo. Efectivamente, en este último tiempo ello ha adquirido niveles de marcada visibilidad; aunque han existido -esas conductas- desde siempre, especialmente cuando se designan y desempeñan cargos o representaciones de algún poder o influencia real, o simbólica.

Por cierto, ello radica en la axiología, en los valores morales, y en la praxis de cada persona en sus respectivos ámbitos, instituciones y niveles.

Partamos por señalar que lo que diferencia a los animales de los seres humanos (recomiendo leer libro de Aristóteles “sobre los animales”), es la condición de interponer entre la necesidad y el acto de satisfacerla, no la pulsión instintiva -como lo hacen las bestias- sino la deliberación racional; es decir, si lo que realizara ante una determinada necesidad, previamente discernido será o no, correcto o injusto.

Habría que añadir también que existen necesidades verdaderas y necesidades falsas; algo que se ha analizado desde los tiempos antiguos hasta nuestros días.

En efecto, ya Cicerón, exaltaba el valor del decoro -antónimo del amor propio- que debe inspirar a todo ser humano para rechazar necesidades prescindibles (bienes superfluos), y también las aspiraciones falsas, como cargos o estatus no esenciales que afiebran a no pocas personas, como los halagos, oropeles o nombramientos logrados a veces a través de la “genuflexión axiológica”, o acciones como buscando ponzoñosamente visibilidad ante los tomadores de decisiones, apelando -al carecer de competencias- a “contactos” sino al “amiguismo”, o a  incontenibles fake news utilizados en contra de otra personas o postulante más capaces -o con habilidades distintas- a una representación o cargo.

Para Jean-Jacques Rousseau, en su obra “Discurso de las Ciencias y las Artes”, distingue el Amor de Sí del Amor propio.

Cierto, el “Amor para Sí” (amour de soi), para  Rousseau, es una pasión primitiva de autopreservación que es inherentemente buena y no implica agresión hacia los demás, sirviendo como una fuerza fundamental para el bienestar individual y social; es un Amor sano, una muestra de Virtud.

En contraste, el amor propio, “Amour-Propre”, es una pasión corrupta que surge en la sociedad a través de la comparación social, generando vanidad, egoísmo y la búsqueda de la opinión y reconocimiento de los demás, lo que puede conducir a la desdicha y al vicio. 

Y es así, ya avizoraba Rousseau, porque la sociedad moderna nos crea necesidades falsas, que nos hace sustituir el sano y virtuoso poder de si, por el amor propio que es una forma que habita en la ambigüedad -donde calienta el sol- corrupta, rastrera, egoísta y vanidosa, afiebrada por reconocimiento de los demás, cuando por la codicia o la ambición de poder.

Ello, a veces se normaliza -y hasta se alaba- en las organizaciones e instituciones de nuestra sociedad contemporánea.

Existe una larga literatura que nos llega hasta Marcuse, uno de los ideólogos de la revolución del `68, quién decía que había necesidades falsas o espurias -cuya existencia, recordemos, ya había notificado hace más de 2000 años Cicerón- que la sociedad capitalista lograba mantener por la vía de inocular en los seres humanos esas necesidades falsas o pueriles.

Empero, Marcuse concluye que no son las necesidades las falsas, sino la idea -que la sociedad nos inyecta- de que existen esas necesidades falsas. Incluso Marcuse enfatiza que la sociedad capitalista había logrado tantos recursos -materias e inmateriales- de las fuerzas productivas y de la infraestructura, que todos los seres humanos podríamos excelentemente bien, a condición de que no nos inventaran necesidades falsas y los individuos no se subyugaran a estas.

Y es así, porque hoy -más que antes- las necesidades falsas son esencialmente simbólicas, a las cuales se le llama status, y donde las personas buscan diferenciarse también a través de la “marca” de cosas, de nombramientos sino cargos en las instituciones de la sociedad contemporánea, en que todo ello desvela febrilmente a las personas, sean estas de instituciones, políticas, económicas, sociales, culturales, judiciales, deportivas, religiosas, espirituales, u otras.

Este es un problema. Y la solución ya la adelantaba Aristóteles, radica en la: Ética humanista consecuente que debemos forjar con nuestros actos en nuestras familias, en el barrio, en nuestro quehacer laboral, en todo instante, en toda institución, en todo lugar. De lo contrario, viviremos en la apariencia jamás en la esencia; en la mentira y no en lo verdadero; en el desmoronamiento de nuestras organizaciones, de nuestra sociedad y, como ya es elocuente dado el belicoso actual acontecer mundial, de nuestra distintiva Humanidad.


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