Martes, Febrero 3, 2026
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Envejecer en tiempos de calor: una desigualdad silenciosa

Profesor Alex Soto Poblete, Doctor en Demografía, Instituto de Matemáticas, miembro del Centro de Longevidad VITALIS, Universidad de Talca.

El aumento de las temperaturas está profundizando las desigualdades del envejecimiento en el Maule, especialmente en zonas rurales. Incorporar el riesgo climático en las políticas de personas mayores ya no es opcional, es una responsabilidad pública urgente.

Cuando hablamos de envejecimiento, el debate público suele girar en torno a pensiones, listas de espera o dependencia. Son temas relevantes, sin duda. Pero en regiones como el Maule hay un factor que comienza a tensionar de forma silenciosa (y peligrosa) la salud y la calidad de vida de las personas mayores, el aumento sostenido de las temperaturas.

Según el Censo 2024, varias comunas rurales del Maule ya superan el 20% de población de 65 años y más, muy por sobre el promedio nacional. Al mismo tiempo, los registros del Ministerio de Salud muestran que más del 70% de las personas mayores vive con al menos una enfermedad crónica, como hipertensión, diabetes o patologías respiratorias. En ese contexto, el calor extremo deja de ser una molestia estacional y se transforma en un riesgo sanitario real.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido que las personas mayores concentran la mayor proporción de muertes asociadas a olas de calor. Estudios europeos estiman que más del 80% de la mortalidad atribuible a eventos de calor extremo ocurre en personas de 65 años y más. Chile no es una excepción, análisis nacionales basados en exceso de mortalidad estiman que las olas de calor se asocian a muertes adicionales, concentrándose la gran mayoría de estos fallecimientos en personas mayores. El calor extremo, por tanto, no es un riesgo abstracto ni futuro, ya está teniendo efectos en una población que envejece y que enfrenta crecientes condiciones de vulnerabilidad.

¿Por qué el calor afecta más a las personas mayores? Porque con la edad disminuye la capacidad de regular la temperatura corporal, se incrementa el uso de medicamentos que favorecen la deshidratación y se reduce la percepción del riesgo. En zonas rurales del Maule, estas condiciones se agravan por factores estructurales como viviendas con escasa aislación térmica, dificultades de acceso continuo a agua potable, aislamiento territorial y centros de salud que no fueron pensados para una población mayoritaria de personas mayores expuestas a altas temperaturas.

A diferencia de incendios o inundaciones, las olas de calor no generan imágenes dramáticas ni titulares urgentes. Sus efectos son más discretos, pero igual de graves, con aumento de descompensaciones cardiovasculares y respiratorias, mayor demanda por atención domiciliaria, deterioro funcional acelerado y una carga creciente para las cuidadoras informales, muchas de ellas también adultas mayores. En las estadísticas, estas muertes suelen diluirse bajo diagnósticos tradicionales, invisibilizando el rol del calor como factor estructural.

Aquí aparece una dimensión incómoda pero necesaria de reconocer, el envejecimiento también está atravesado por una desigualdad climática territorial. No se envejece igual en comunas costeras que en zonas interiores, no es lo mismo hacerlo en una vivienda adecuada que en una casa precaria expuesta a veranos cada vez más largos y extremos. El territorio amplifica el efecto del clima, y el clima profundiza las desigualdades del envejecimiento.

No basta con reaccionar cuando los servicios de urgencia se saturan. La planificación sanitaria y social debe anticiparse identificando personas mayores en riesgo durante períodos de altas temperaturas, fortaleciendo el seguimiento desde la atención primaria, activando redes comunitarias de apoyo y avanzando en políticas de vivienda que consideren la adaptación térmica como parte del envejecimiento digno. El cuidado no puede comenzar cuando la persona ya está grave, debe empezar antes, en la prevención.

También necesitamos mejores datos. Cruzar información demográfica, sanitaria y climática a escala comunal permitiría anticipar riesgos y diseñar respuestas focalizadas. Seguir analizando el envejecimiento sin considerar el contexto climático es, sencillamente, mirar el problema incompleto.

El envejecimiento en el Maule ya no puede pensarse solo en términos de dependencia o cuidados tardíos. El cambio climático (y en particular el aumento de las temperaturas) está configurando una nueva forma de vulnerabilidad social que afecta con mayor fuerza a quienes envejecen en territorios rurales y con menos recursos. Ignorar esta realidad no es neutral, es una forma de reproducir desigualdad.

El Estado no puede seguir planificando políticas de envejecimiento como si el clima fuese estable ni como si el territorio fuese homogéneo. La adaptación al calor debe incorporarse explícitamente en la atención primaria de salud, en los sistemas de cuidados, en los programas de vivienda y en la planificación local. No hacerlo implica aceptar que algunas personas mayores enfermen y mueran antes simplemente por el lugar donde viven.

Si Chile avanza hacia un Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados, este debe ser capaz de anticipar riesgos, no solo de administrar consecuencias. Cuidar también es prevenir, y prevenir hoy exige reconocer que el calor extremo es un riesgo sanitario evitable si existe voluntad política, coordinación intersectorial y presencia territorial del Estado.

El envejecimiento no es solo una tendencia demográfica, es una prueba de justicia social. Y en un país que envejece bajo temperaturas cada vez más altas, la verdadera pregunta no es si podemos adaptarnos, sino a quiénes estamos dispuestos a dejar fuera de esa adaptación.

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