Iván Palomo, Escultor.
En una franja de terreno en Duao, comuna de Maule —entre la ruta K-635 y el canal Colín— comencé, hace varios años, a limpiar un espacio que no tenía nombre, cubierto de maleza y abandono. No era un proyecto aprobado ni un plan institucional. Era, simplemente, un lugar.
Poco a poco fueron apareciendo las primeras esculturas. Luego otras. Hasta completar doce. Obras de mediano y gran formato, construidas con madera, fierro y piedra.
No hubo corte de cinta. No hubo financiamiento. No hubo diseño urbano.
Hubo trabajo, persistencia y una convicción sencilla: que el arte también debe estar al alcance de quienes viven en zonas rurales, que por cierto forman parte esencial de nuestra Región.
Así nació el Parque de Esculturas de Duao. No como declaración, sino como práctica. Un espacio abierto, sin rejas ni horarios, donde vecinos y visitantes se detienen, preguntan, comentan o simplemente miran las obras: Esperanza, Momentos, Plenitud, Enamorados, De flor en flor, Carreta, Tonelero, Mirando Los Andes, Regreso a las estrellas, Surcos y Horqueta.
Hace poco, todas las obras fueron pintadas de blanco mate. No para ocultar su historia, sino para unificarlas. Para que cada pieza, distinta en origen, dialogue con las otras como parte de un mismo gesto: sostener en el presente aquello que parecía destinado a desaparecer.
Mientras esto ocurría en Duao, comuna de Maule, una de mis obras —UMBRAL— fue seleccionada en Europa por el jurado del XI Salón de Arte Abstracto de la Asociación Española de Pintores y Escultores, para su exhibición en Madrid (9 de abril al 4 de mayo de 2026). La noticia me alegró. No solo por lo que significa en términos personales, sino por lo que revela en un plano más amplio: que una obra nacida desde el Maule, desde sus materiales, su paisaje y su memoria, puede dialogar en espacios internacionales.
Pero también instala una pregunta incómoda: ¿Cómo es posible que aquello que logra reconocimiento afuera, muchas veces siga siendo invisible en su propio territorio?
El Parque de Esculturas de Duao no compite con nada. No reemplaza infraestructura. No requiere grandes inversiones. Existe. Está ahí. Funciona. Es utilizado. Y, sin embargo, aún se mueve en ese espacio difuso donde lo valioso no siempre logra ser visto por quienes tienen la posibilidad de potenciarlo en beneficio de la comunidad local y de quienes visitan el lugar.
Quizás el problema no sea de recursos, sino de mirada.
Porque el desarrollo cultural de un territorio no siempre comienza con grandes proyectos. A veces comienza con gestos pequeños, persistentes, que alguien decide sostener en el tiempo. Y que, en algún momento, dejan de ser individuales para transformarse en parte del paisaje común.
En el Maule —una de las regiones más envejecidas del país, pero también una de las más ricas en memoria— tenemos una oportunidad: reconocer, cuidar y proyectar aquello que ya está ocurriendo.
No todo parte desde cero.
Algunas cosas ya están hechas.
Solo falta verlas.





