Humanidades

Jorge Navarrete Bustamante. MBA. Académico de la Universidad de Talca. Past President. Junta de Adelanto del Maule. Doctor en Procesos Sociales y Políticos. Alumni Harvard Business School. Instituto Estrategia y Competitividad. Red MOC.

La ministra de Ciencia, Ximena Lincolao Pilquián, ha reducido el aporte en I&D a las humanidades, bajo el mandato de su presidente Kast.

Esta decisión es muy grave.

Por su notable relevancia pública, es necesario enfrentar ello intelectualmente; el que realizo en este modesto análisis sobre las Humanidades, sustentado en literatura contemporánea -probablemente desconocida por el presidente y su ministra- como la de Martha Nussbaum, Edgar Morin, Tzvetan Todorov, Umberto Eco, Noam Chomsky; chilenos como Agustín Squella y, especialmente, Carlos Peña, entre otros.

¿De dónde provienen las humanidades? ¿Por qué pudieran ser importantes?

Las humanidades surgen -en la cultura que conocemos y que ha llegado hasta nosotros- a partir de la Filología, que es la fascinación por las palabras; lo que a los griegos, por ejemplo, les embelesaban (para que decir los que recibían los poemas de Homero, que memorizaba y recitaban a viva voz), preguntándose cómo es posible que las palabras “signifiquen”, o sea, que los sonidos de un concepto que nosotros hacemos al platicar, signifique, tengan un significado para usted, yo o para quienes nos están escuchando. Obvio, que las palabras no transmiten un contenido mental psicológico, pues hay algo común con la persona con quien conversamos que no le pertenece a ella, a usted ni a mi, y que permiten que estemos dialogando, y que nos sintamos parte de una comunidad.

Este fenómeno lingüístico es uno de los más trascendentales y sorprendentes del que se han ocupado las humanidades; y por eso, las humanidades siempre han tenido que ver con las letras.

El otro fenómeno del que se han ocupado siempre las humanidades es la memoria. Es decir, como es posible que recordemos cosas que ni usted ni yo hemos vistos, y no podremos nunca ver; sin embargo, creemos que ocurrieron, y nos esforzamos intensamente en reconstruirlas, en recordarlas, en reverdecerlas. Y es así, en parte, porque ninguno de los seres humanos somos como “Funes el Memorioso”, del cuento de Borges, que decía: “Más recuerdos tengo yo que los que habrá tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”, aunque por ello era incapaz de pensar.

Ergo, nosotros -a diferencia de Funes- no recordamos todo, incluso de nuestra propia vida, de cada episodio en cada detalle, por lo que tratamos “de narrarnos” llenando los vacíos de nuestra memoria, hilando algunos acontecimientos, para terminar configurando casi una ficción; algo que es tan inherente a nuestra condición humana. 

Estos dos fenómenos, el lenguaje que hablamos y la memoria, son la parte más sorprendente y misteriosa de la condición humana; y ambas aluden a algo que no está, pues: ni lo que recordamos está, ni lo que decimos está.

Esto lo veía muy tempranamente Aristóteles, cuando menciona palabras que no tiene referencias, «hircocervo» por ejemplo, esto es un animal híbrido imaginario que combina una cabra y un ciervo, y que Aristóteles lo usó en obras como “De Interpretatione y Física” para explicar un concepto lógico: podemos entender y definir las palabras de algo que no existía en la realidad, algo invisible, algo que no nos consta. Apliquemos el Uso del Concepto en esta Lógica:

  • Significado mental: Podemos formar una imagen clara en la mente al unir las  palabras «cabra» y «ciervo»; o de un unicornio.
  • Ausencia real: El objeto nombrado no tiene existencia ni lugar en el mundo físico.
  • Utilidad filosófica: Demuestra que el lenguaje humano puede crear conceptos y definiciones de cosas vacías de materia.

Y lo mismo decía Ortega y Gasset, refiriéndose a que el Quijote estaría loco porque habla de “gigantes”, y porque sabemos que no existen los gigantes, entonces, ¿de dónde sacamos la palabra gigante, como los imaginamos?

Así, esta idea de que estamos poblados por cosas que no vemos, y que, sin embargo, configuran nuestra existencia, la orientan, la hacen deseables, y le confieren sentido, es el misterio más profundo de nuestra condición humana.

Y es así porque lo seres humanos no vivimos inmersos en la mera facticidad. Y a esa inmersión en la facticidad, es lo que Heidegger, en “Ser y Tiempo”, denomina, existencia inauténtica; es decir, a veces nos consume a los seres humanos lo trivial que ejecutamos mecánicamente; empero de pronto asoma en nosotros una preocupación, angustia o el desasosiego por el sentido de la vida que nos asalta, y ahí se revela lo propiamente humano que tenemos.

Por tanto, la tarea de las humanidades consiste en indagar entre lo visible e invisible; entre la facticidad y lo normativo; entre la realidad y la ficción.

Carlo Ginzburg, -señalado por Carlos Peña- hace referencia a la forma por la cual en el leguaje transitamos de la “realidad real” (por así decirlo) al mundo ficción; sin embargo, existe una dimensión aún más relevante, que es el “problema de la ficción como parte de la realidad, o como parte constitutiva de la condición humana”.

Y es así porque el individuo humano no puede evitar “estirarse” más allá de sí mismo hasta alguna forma trascender. Ergo, parece estar acreditado en toda literatura y acontecer que nuestra existencia humana no se resigna jamás a la oscuridad que nos rodea, más bien nos esforzamos a incorporarla a nuestro horizonte de sentido, cuya referencia es -en definitiva- lo que orienta gran parte del quehacer de las humanidades.

Para ello existen métodos en función del objeto en comento; por ejemplo, a ello se refiere Heidegger en “Ser y Tiempo” y su concepto el “Circulo Hermeneútico”, en que se parte de una cierta comprensión previa –el factum– que nos guía en la búsqueda y, al final de ésta, retornamos al inicio corrigiendo esa impresión primera, en un círculo infinito.

Simultáneamente, el carácter circular de la reflexión de las humanidades contiene consubstancialmente la unidad de ellas con su objeto de estudio, las “cosas humanas” que procura desentrañar, y que lo describe, lo reobra, lo modifican.

Por ello y más, las humanidades, son las “Ciencias del Espíritu” -en el decir de Dilthey- pues todo lo que le ocurre al individuo humano, ellas lo escriben; ellas “hacen que broten en nosotros, algo preclaro y único”, afirma Ciceron en “Pro Archia Poeta”, subrayando que el estudio de las letras y la filosofía, como esencia de la cultura humana y de la virtud cívica, elevan el espíritu de cada ser humano y de una genuina república.

Hoy, definitivamente, el autoritarismo e incomprensión de Kast amenazan las humanidades. Esto constituye también una oportunidad para reafirmar la identidad de las Humanidades, afincados en valiosos exponentes desde aquellos que traducían textos en Pérgamo, hasta nuestro días: descifrando el significado de aquello que subyace a la condición y creación humana, a través de la “diferencia ontológica” de la que nos habla Heidegger, notificándonos de que el mundo que nos rodea es sólo una de las formas posible de concebirlo y de “concebirnos”; de que en la tarea que las humanidades despliegan, detentando un inmenso potencia crítico y político, nos hacer saber que la condición humana consiste en interpretarse a sí misma y, por esas vía, incesantemente reinventarnos.   

En conclusión, debilitar -como lo están haciendo Kast y Linconao- a las humanidades en las universidades, que son las únicas que hacen de la reflexión su quehacer más propio: cercenan conocimientos y respuestas virtuosas acerca del “Buen Vivir” de millones de chilenas y chilenos -en el presente y futuro- que, ni más ni menos, constituye la esencia de nuestra única e intransferible, Humanidad.

Es funesto, pero así estamos.


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