La universidad

Jorge Navarrete Bustamante. Académico. Universidad de Talca. Alumni de la Red de Microeconomía para la Competitividad del Instituto de Estrategia y Competitividad de Harvard Business School. Past Presidente Junta de Adelanto del Maule. Past Presidente del Consejo de la Sociedad Civil del Maule.

Dijo Andrés Bello en la instalación de la Universidad de Chile (1843): “La Universidad, señores, no sería digna de ocupar un lugar en nuestras instituciones sociales, si el cultivo de las ciencias y de las letras pudiese mirarse como peligroso bajo un punto de vista moral, o bajo un punto de vista político”

El principio central de tal reflexión se enmarcaba en la concepción que Humboldt tenía sobre la Universidad Moderna consistente  -más allá que ésta entraña también extensión y comunicación extramural, vinculación con el medio– en la «unión de la docencia y la investigación»; en que la docencia debía basarse en la búsqueda desinteresada de la Verdad; en que los estudiantes debían participar -por humilde que fuera su nivel- en esa búsqueda; en impulsar el conocimiento mediante la investigación original y crítica, y no solo transmitir el legado del pasado o impartir conocimientos prácticos; y en que toda universidad -que se precie de tal- debía defender su identidad corporativa y autonomía, incluso cuando el Estado Central nombraba y remuneraba a los profesores; dictaba los planes de estudio, entre otras pretendidas imposiciones.

Así, en respuesta a esto, surgió la idea de «libertad académica». Ésta, tenía dos aspectos relevante. En primer lugar, los académicos y científicos individuales deberían ser libres de Buscar la Verdad, así como de enseñar y publicar sus hallazgos; la ciencia objetiva, que sigue criterios intelectuales rigurosos y está sujeta a lo que hoy se denomina «revisión por pares», debía inmunizar a las universidades de la intromisión religiosa o política.

Es más, en las democracias, la libertad académica incluia el derecho de los académicos a ser ciudadanos activos y a pronunciarse sobre cuestiones políticas, convirtiendo a las universidades en el crisol de los intelectuales públicos en pos de una fuerza cultural creativa e independiente.

En segundo lugar, las universidades deberían poseer AUTONOMÍA como institución, para gestionar sus propios asuntos internamente y gestionar sus propias decisiones en materia académica. Humboldt sostenía que las universidades funcionaban mejor y eran más útiles para la sociedad y el Estado, cuando estaban aisladas de las presiones externas inmediatas, políticas o religiosas, entre otras.

Todo ello lo actualiza, la reformulación más autorizada de la idea humboldtiana, la Declaración de Bolonia de 1988, reconocida como «la Carta Magna de las universidades».

El primer principio de Bolonia, establece que la universidad es una institución autónoma, con la MISIÓN DISTINTIVA DE ENCARNAR Y TRANSMITIR LA CULTURA DE SU SOCIEDAD en que: «la investigación y la docencia deben ser moral e intelectualmente independientes de toda autoridad política y poder económico».

El segundo principio era que la docencia y la investigación deben ser inseparables; y el tercero, que «LA LIBERTAD EN LA INVESTIGACIÓN Y LA FORMACIÓN ES EL PRINCIPIO FUNDAMENTAL DE LA VIDA UNIVERSITARIA». Finalmente, la Carta declaraba que la universidad es «DEPOSITARIA DE LA TRADICIÓN HUMANISTA», y que la universidad debe transmitir una cultura común.

Lamentablemente, ello empieza a ser “letra muerta” por las expresiones de Kast, y de su ministra -nada menos que de Ciencias- Linconao, imbuidos -si es que leyeron algo de ello- por la Declaración de Lisboa de 2007, la que si bien preserva la autonomía universitaria, su redacción cede ante las imposiciones administrativas y económicas de los gobiernos de turno, diluyendo su libertad y la autonomía académica.

Tal postura, de los actuales  gobernantes, se complementa perfectamente también con la mercantilización de la Universidad, bajo la perspectiva de que la demanda y la competencia la remodelan según “su” modelo: el NEOLIBERALISMO, entendido como racionalidad rectora y transversal cuya característica principal es el reduccionismo micro económico en todas las esferas, actividades y sujetos de la sociedad democrática; ponderando a ésta  como un mero instrumento; sujeta –“cueste lo que cueste”- a la imposición de políticas ILIBERALES; y también a personas -como ya vemos- que no se sustentan ni en el pasado ni en lo aprendido, ignorando que no puede haber una universidad ni sociedad democrática, sin “paideia” democrática”.

Tal problema hoy, en Chile, también en el Maule, es frecuente en universidades “funcionales” o “acomodaticias” respecto del poder; ya sea “acogiendo” imposiciones de la autoridad temporal o espiritual para negar apoyo a proyectos; desvincular académicos o estudiantes que no se adecúan a la universidad ‘gran almacén’, en la que se “captan” demandas de mercado; y, por lo mismo, tampoco publican ni reconocen como de “interés universitario” estudios ni investigaciones -hasta doctorales- pues pudieran “incomodar” al gobierno; y menos invitar expositores “distintos”, temiendo que “el ejecutivo” proscriba a la universidad dejándola: “fuera de bases”.

Para que se entienda mejor. Hasta el PhD. en Economía de Harvard (HBS), Michael Porter, nos enseñó en Boston que: “toda organización debe tener -no a veces- sino siempre, eficiencia operacional; pero lo esencial es preservar su valor estratégico”…

Lo degradante es que acá, estamos perdiendo el Valor Estratégico de nuestra universidad, debido a eso que Habermas denomina: colonización del mundo de la vida por parte de los imperativos sistémicos”.  

Mala cosa. Vergonzante. Pero así estamos.

Empero, ello se revierte con inclaudicable Coraje Moral de todas las autoridades de la universidad; o sea, es necesario que éstas abandonen posturas recoletas, propias de personas a las que José Ingenieros, describió como: “El hombre mediocre”.

Kant, enseñaba que: “en el mundo hay cosas que tienen precio y otras que tienen dignidad”. Es obvio que nuestra universidad requiere DIGNIDAD de cada autoridad o funcionario multinivel universitario, y también de LIDERAZGO para hacer comprender a la comunidad universitaria la GENUINA «IDEA DE UNIVERSIDAD»; esto es, CONCEBIRLA no como un conglomerado fijo de características, sino como un conjunto de tensiones constantes, dada su insoslayable inherencia con la CONTINGENCIA y, simultáneamente, resolverlas de manera HUMANISTA; pues, esa «idea de universidad», es consubstancial a la BÚSQUEDA DE LO HUMANO como acontecer no condicionado a las oscilaciones sociales, políticas o económicas; procurando, conjuntamente, la COOPERACIÓN MUTUA QUE ENGRANDEZCA A LA HUMANIDAD, PORQUE SU QUEHACER ESENCIAL COMO UNIVERSIDAD, ES BUSCAR Y CULTIVAR LA VERDAD.

En su libro “Excellence Without Soul. Does Liberal Education Have a Future?”, Harry R. Lewis, académico de Harvard, hace una autocrítica -infrecuente ya en algunos académicos- de la “mejor universidad”, en los siguientes términos:

«Harvard enseña a los alumnos, pero no los hace sabios. Pueden lograr una excelencia magnífica tanto en lo académico como en lo extracurricular, pero la totalidad de la experiencia educativa no resulta coherente. (…)”

Ergo, luego exhorta, se lidere para que: “la formación del carácter y de la moral vuelvan a ser una tarea central de la misión de la universidad. Pensar críticamente, de forma independiente, pero también coherente: eso deberían ser consecuencias en la mente de cualquier persona que sea parte de la familia de Harvard”.

Y concluye: “Una buena universidad debería ayudar a sus estudiantes a comprender las complejidades de la condición humana (o al menos lo que otros hombres y mujeres de reconocido prestigio han pensado sobre las dificultades de vivir una vida dedicada al propio examen) (…) Una buena universidad desafía a sus estudiantes a plantearse interrogantes que sean al mismo tiempo inquietantes, y de profunda importancia. Una parte del proceso de llegar a ser un adulto educado en la mejor tradición del pensamiento humano es plantearse a fondo, de una forma personal, las cuestiones básicas de la vida»

Cuan lejos estamos hoy en Chile de ese acontecer: el gobierno de Kast, pretende encadenar -como a Prometeo– a la universidad, especialmente estatal y genuinamente pública, vulnerando su razón de ser y sus nobles objetivos humanistas.

Amiga y amigo lector, con todo lo esgrimido en estas modestas líneas, resulta imprescindible entonces: cultivar en la comunidad universitaria un saber sin extorciones del poder; un saber inscrito en la complejidad anti-hegemónica como parte constitutiva de la CONTINGENCIA; empero, con la UNIDAD de todas y todos de quienes participan de ella, como diría Hannah Arendt. Y CON UN SABER REFUNDADOR DE LO ÉTICO, desprendido de la infértil batalla entre ciencia, técnica, arte y letras o HUMANIDADES.

Únicamente de este modo, será factible que las universidades se liberen, como Prometeo que se desencadena de los corsés, y asuma LA LIBERTAD DEL PENSAMIENTO CRÍTICO, el cual va más allá de un pensamiento meramente administrativo, del quehacer burocrático, o del actuar funcional que ya ostentan algunas universidades, erosionando el saber, zahiriendo EL DESARROLLO DEL ESPIRITU, y abortando la SABIDURÍA, ésta que tanto necesita CHILE. 


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