Miércoles, Enero 28, 2026
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No tengo miedo a la muerte, tengo miedo a la vida

PhD. Rodrigo Ignacio Berrios Rojas. Académico y miembro de la Sociedad Española de Pedagogía (SEP).

No tengo miedo a la muerte, siempre llega y no pregunta tu cuenta bancaria, cuanto diste en el trabajo o hiciste por los demás y por ti. Además, desde que nací, la muerte es la única “certeza democrática”.

Comencé la columna señalando que no tengo miedo a la muerte, porque a lo que realmente tengo miedo, es a la vida. A esa vida desperdiciada, la del piloto automático, a la vida postergada por un mañana que no existe. Porque el ayer ya se fue, el mañana es una ilusión y el presente —aunque lo olvidemos— es lo único que tenemos.

Ese ahora no es una frase de autoayuda, es urgencia en conciencia. Vivimos pensando en el pasado, en lo que fue, en lo que pudo ser, en lo que nos empuja a vivir hacia atrás, cargando culpas, prometiéndonos que “después” será distinto. Después del próximo cargo, del próximo ciclo político, del próximo crecimiento económico. Mientras tanto, el presente arde literalmente, como en el Bio Bio. Que a propósito, el sur nos recuerda una realidad incómoda: los incendios forestales no esperan.

No esperan mesas de trabajo, no esperan cambios de gabinete, no esperan discursos. El fuego arrasa con bosques, casas, ecosistemas y vidas humanas; mientras nosotros, seguimos discutiendo responsabilidades como si el presente importara. “Y el tiempo importa. Siempre importa”.

Los incendios no son un fenómeno natural exacerbado del cambio climático. Son, claramente un detonador de decisiones humanas, de omisiones prolongadas y de conflictos de interés silenciosos. Cuando la protección del territorio compite con el negocio extractivo, cuando la fiscalización se diluye frente al poder económico, el fuego encuentra terreno fértil; quemando árboles, confianza, legitimidad y el presente. Ese presente que nos empuja a la reflexión sobre la vida y la felicidad individual que deja de ser íntima para volverse colectiva.

La pregunta a seguir es: ¿Qué nos ayuda a ser felices como sociedad? No es sólo el crecimiento, el orden o la eficiencia administrativa. La felicidad nace de la coherencia entre lo que decimos y hacemos, entre el poder que se ejerce y el bien común que promete. Cualquier gobierno enfrentará una ética que va más allá de los nombres de sus ministerios o de quienes los encabezan. La verdadera designación que importa es otra: ¿a quién se le da prioridad? ¿Al corto o al largo plazo? ¿Al interés privado o al interés público? ¿Al cálculo político o al cuidado de la vida?

Porque gobernar, en su forma más honesta, es administración del presente. No del pasado glorioso ni del futuro imaginado. Hoy se previenen los incendios, hoy se transparentan los vínculos del Estado y las empresas, hoy donde se decide si la economía está al servicio de las personas o las personas al servicio de la economía.

Y aquí vuelve el miedo. El miedo a la vida, el miedo a decidir, a finalizar relaciones impropias, a incomodar intereses, a decir que “no” -ya que el si, muchas veces termina siendo fácil mirar al lado. Ese miedo es comprensible en las personas, pero es imperdonable en las instituciones.

Ser felices, individual y colectivamente, no es evitar el conflicto. Es enfrentarlo con sentido, ética y convicción de que el presente que cuidamos hoy es el único legado tangible que dejaremos mañana.

Un país que normaliza el conflicto de interés, es un país que aprende a convivir con el incendio antes que a prevenirlo.

No se trata de vivir obsesionados con la muerte, sino de honrar la vida en lo concreto, en la política de bien, en la prevención ambiental, en la transparencia, en la valentía para tomar decisiones por la “felicidad” de la sociedad. Ya que en ese sentido, no es un estado emocional permanente, sino la tranquilidad de saber que no traicionamos lo esencial.

Tal vez por eso no le tengo miedo a la muerte. La muerte llega y se acabó. La vida, en cambio, exige coraje todos los días. Exige presencia. Exige asumir que el regalo del presente no viene endulzado para siempre, que puede quemarse, secarse o perderse si no lo cuidamos.

El futuro no existe. Se construye o se destruye. Y no hay ministerio, empresa o discurso que pueda reemplazar esa verdad simple: vivir bien, gobernar bien y ser felices, empiezan exactamente en el mismo lugar. En el hoy.


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