Diego Palomo, columnista Diario El Centro, abogado, Doctor en derecho procesal y académico de la Universidad de Talca.
Se vienen tiempos complejos para la Universidad Pública. La Universidad es y debe seguir siendo un espacio de conocimiento, reflexión y crítica. Una de sus funciones principales es formar ciudadanos libres y críticos, capaces de afrontar sin obsecuencia ni miedo los crecientes y variados desafíos del mundo, con conocimiento y responsabilidad, lo que resulta especialmente relevante en el contexto de vertiginosas cambios que estamos experimentando y que nos mantiene en un presente absolutamente líquido (como diría Zygmunt Bauman). Por ello, la demagogia y el eslogan tienen un papel nulo en la Universidad de verdad. Suman cero; es más, solo restan, y deben ser expulsados.
La demagogia, como mera técnica de persuasión que busca apelar a las emociones, prejuicios y miedos de la gente para lograr un beneficio propio, se opone a los pilares centrales de la Universidad. No es otra cosa que una forma de grosera y burda manipulación que se basa en argumentos superficiales y falaces, que buscan ocupar el lugar que corresponde al conocimiento rigurosamente generado, controlado y la reflexión crítica. En la Universidad en general y la PÚBLICA en particular, la demagogia no tiene ni puede tener lugar, pues se opone a su objetivo de formar ciudadanos críticos y responsables, capaces de analizar todos los argumentos con rigor y racional discernimiento. Ser capaces de controlar y seleccionar la información que sobreabunda en la actualidad, con un componente de falsedad importante.
El eslogan, por su parte, es una frase corta y generalmente pegadiza que busca resumir una idea o mensaje de manera muy simplificada, buscando masificar su impacto. Si bien puede resultar útil en ciertos contextos, como en la publicidad o en la política, debe prescindirse de su uso en la Universidad. Es que la fórmula es clara, si se tiene la intención real de entenderla: La Universidad no puede reducir el conocimiento a meros esloganes, ya que esto implicaría una simplificación indebida de la complejidad y riqueza del saber. Además, peor aún, los esloganes suelen ser utilizados como herramientas de propaganda o de manipulación, en lugar de como formas de expresión auténtica. Este peligro es suficiente para poner todas las alertas en quienes caen en la tentación de abrazar eslóganes, pues éstos personajes, al final del día, terminan corrompiendo desde dentro a la Universidad, utilizándola en su propio beneficio y sacrificando la función pública que está llamada a cumplir.
En la Universidad “de verdad”, el conocimiento debe ser riguroso, reflexivo y sobretodo crítico. Se trata, aquélla, de un espacio privilegiado donde se busca el conocimiento por sí mismo, sin que los intereses personales o de grupito que se intenta apoderar de ella deban o pueda influir, torciendo esa señala búsqueda de la verdad. La Universidad debe ser un espacio de diálogo y debate, extremadamente cuidado, donde las ideas y los argumentos sean evaluados con rigor y honestidad. Por ello, la demagogia y el eslogan deben ser definitivamente excluidos de la vida universitaria, ya que no son herramientas útiles para la formación de ciudadanos críticos y responsables. Al contrario.
La demagogia y el eslogan pueden tener un lugar en otros ámbitos de la vida, pero en la Universidad deben estar completamente excluidos. No entender esta cuestión que aparece tan elemental como palmaria es ser cómplice de la desfiguración progresiva de la Universidad y sus finalidades, lo que algunos no estamos dispuestos a tolerar, aún a riesgo de seguir navegando a contracorriente, como hasta ahora.





