Diego Palomo. Abogado. Doctor en derecho procesal y académico de la Universidad de Talca.
Hay decisiones políticas que, aun estando motivadas por la presión de los hechos, sí debieran entenderse, al menos en parte, como una señal implícita de que hay límites que no debieran cruzarse y valores cuya erosión termina debilitando la propia convivencia democrática.
Uno de esos valores es la verdad. Parece una obviedad decirlo, pero hace tiempo dejó de serlo. Vivimos un tiempo donde la mentira circula con una velocidad y una naturalidad pasmosas. Se instala, se repite y termina incluso relativizándose. La verdad dejó de ocupar el lugar central que debería tener en el debate público y pasó a competir, en igualdad de condiciones, con versiones torcidas, relatos paralelos o simples operaciones políticas. El problema es que una democracia no puede sostenerse sanamente sobre la indiferencia frente a la verdad. Cuando los hechos importan poco, lo que se resiente no es solo la política: se deteriora la confianza mínima que hace posible la vida en común.
El segundo valor que aparece reivindicado implícitamente (probablemente ni siquiera fue buscado), a nuestro parecer, es el del trabajo bien realizado desde el inicio, el sentido del deber. Resulta difícil no advertir cómo, en el último tiempo, se ha ido instalando una lógica donde el interés personal, la mera conveniencia individualista o la simple ambición política parecen desplazar la noción más elemental de responsabilidad pública. Y aquello resulta particularmente delicado cuando se trata del ejercicio de funciones claves emblemáticas de este gobierno. La política exige algo más que echarle ganas. Exige preparación, profesionalismo, habilidades comunicacionales, seriedad y conciencia del peso institucional y trascendencia social que tienen las decisiones adoptadas desde el poder. Improvisaciones, las justas. Por eso, los cambios introducidos permiten recordar que el desempeño deficiente o incompatible con esas exigencias no puede ser normalizado ni tolerado mucho tiempo.
Es de esperar que no estemos frente a una reformatio in peius (solo el tiempo nos ha lo mostrará). Lo que sí aparece claro es que es necesario seguir indignándose ante la pretensión de hacer política pasando completamente por encima de ciertos valores básicos que parecían obvios y ya no lo son. El valor de la verdad. El sentido del deber y del trabajo bien hecho. La importancia de hacer bien el trabajo público, de entender de buena vez cómo se gestiona la res pública.
(Le) Queda tiempo a este gobierno para construir una cultura política que convoque a unas mayorías en la Sociedad, que aprenda a distinguir entre lo aceptable y lo inaceptable, entre la responsabilidad de gobernar y la frivolidad desplegada en campaña, entre la construcción seria del futuro y la simple pretensión populista vender la idea de siempre empezar desde cero, como si Chile estuviese en ruinas. Hacemos votos para que este ajuste se traduzca en una reforma in meius que abandone las trincheras y construya puentes para fortalecer la vida en sociedad y nuestra democracia.





