Diego Palomo. Abogado. Doctor en derecho procesal y académico de la Universidad de Talca.
La pregunta de miles de jóvenes y que nace de una fatiga y angustia acumulada. De mirar alrededor y constatar que muchas de las promesas que organizaron la vida de las generaciones anteriores parecen hoy diluidas, cuando no derechamente desaparecidas.
¿De qué sirve estudiar durante años si el título ya no asegura estabilidad? ¿De qué sirve endeudarse para una profesión si el mercado laboral aparece saturado o precario? ¿De qué sirve proyectar una familia si la posibilidad de vivienda es utópica, el trabajo se vuelve incierto y el futuro se ve gris oscuro? ¿De qué sirve esforzarse si las reglas del juego cambian a medio camino, si la tecnología redefine oficios enteros, si la inteligencia artificial anuncia – con una mezcla de promesa y amenaza – que muchas tareas que ayer parecían seguras mañana podrán ser ejecutadas por una máquina?
La pregunta no debe ser despachada de modo simplista ni con superioridad. No corresponde responderla desde el púlpito cómodo de quienes pudieron educarse, trabajar, formar una familia, comprar una casa o construir una trayectoria profesional bajo condiciones que, con todas sus grandes dificultades, ofrecían un horizonte mucho más reconocible. Tampoco cabe reducirla a una supuesta debilidad generacional. Sería injusto y, por sobre todo, inútil. Muchas veces los jóvenes no carecen de esfuerzo; carecen de certezas razonables. No les falta voluntad; les falta un pacto social que haga plausible la recompensa del mérito, del trabajo bien hecho y del valor de la perseverancia.
El problema, entonces, no es solo individual. Es social. Cuando una generación comienza a dudar de que el futuro merezca ser construido, la sociedad entera debe preocuparse. Porque allí donde se rompe la confianza en el mañana, se debilita también la confianza en las instituciones, en la democracia, en la educación, en la familia, en el trabajo y en la convivencia. Es una advertencia institucional.
Es que por muchas décadas, la educación fue presentada como la gran llave de movilidad. Y en buena medida lo fue. Para muchos, estudiar significó abrir una puerta que antes estaba absolutamente cerrada. Obtener una profesión era ingresar a un mundo de expectativas razonables, de reconocimiento, de cierta estabilidad y de pertenencia. Hoy esa promesa se ha vuelto muchísimo más ambigua. El título sigue importando, pero ya no basta. La especialización se exige cada vez más temprano. La experiencia se pide antes de haber podido tenerla. La estabilidad se posterga. La independencia económica llega muy tarde, si es que.
A ello se suma la irrupción de la inteligencia artificial, que no es un simple avance tecnológico más. Es una transformación cultural, laboral y cognitiva. No solo cambia herramientas: cambia la pregunta por lo que significa saber, trabajar, crear, enseñar, decidir. Profesiones completas deberán redefinirse. Algunas tareas desaparecerán, otras serán asistidas y otras nuevas surgirán. Pero mientras ese nuevo mapa se dibuja, millones de jóvenes observan el proceso con una mezcla comprensible de fascinación y miedo. Se les dice que deben adaptarse, aprender toda la vida, reinventarse, ser flexibles, emprender, innovar. Todo eso puede ser cierto. Pero no basta con convertir la incertidumbre en un mandato individual. No se puede pedir una resiliencia infinita a quienes todavía no han recibido condiciones mínimas de seguridad.
La baja natalidad es una de las marcas más visibles de este clima. No se trata, por cierto, de juzgar proyectos de vida ni de imponer modelos familiares. Cada persona debe decidir libremente si quiere o no tener hijos. Pero una sociedad responsable debe preguntarse qué ocurre cuando demasiadas personas dejan de proyectar descendencia no solo por convicción, sino por miedo, por precariedad, por agotamiento o por imposibilidad material. Cuando formar familia se transforma en lujo, no estamos ante una mera evolución cultural; estamos ante una señal de quiebre. Y si esa tendencia se consolida, sus efectos no se verán solo en las estadísticas, sino en la estructura misma del país: envejecimiento, soledad, presión sobre los sistemas de cuidado, debilitamiento de redes comunitarias y una economía con menos manos jóvenes para sostenerla.
La pregunta “¿de qué sirve?” debe, por tanto, incomodarnos. Pero también debe movilizarnos. No para alimentar discursos apocalípticos, sino para reconstruir un horizonte. La juventud no necesita sermones nostálgicos sobre lo difícil que fue antes. Tampoco necesita consignas vacías sobre emprendimiento, mérito o innovación. Necesita instituciones que cumplan; universidades que formen de verdad y no solo certifiquen; empleadores que no normalicen la precariedad como rito de iniciación; políticas públicas que tomen en serio la educación, la vivienda, los cuidados, la salud mental, el empleo joven y la conciliación entre trabajo y familia; liderazgos capaces de hablar del futuro sin caer en pura palabrería o pirotecnia política.
También las universidades tienen aquí una responsabilidad especial. No pueden limitarse a entregar contenidos de modo enciclopédico en una época en que los contenidos se multiplican y envejecen con rapidez. Deben formar criterio, carácter, capacidad de adaptación, pensamiento crítico, humanidad. Deben enseñar a los jóvenes a usar la inteligencia artificial sin abdicar de la propia. A servirse de la tecnología sin rendirse ante ella. A comprender que el conocimiento seguirá importando, pero importará de otra manera: menos como acumulación mecánica y más como discernimiento, juicio, creatividad, prudencia y responsabilidad.
La sociedad chilena necesita un nuevo “pacto generacional”. Uno que no prometa seguridades falsas, porque el mundo ya no las ofrece; pero que sí asegure condiciones dignas para intentar una vida. Uno que vuelva razonable estudiar, trabajar, ahorrar, independizarse, formar vínculos, tener hijos si así se desea, participar en la vida pública, creer que el esfuerzo no es una ingenuidad. Un pacto que entienda que la frustración acumulada no desaparece por decreto: se transforma. Y si no encuentra cauces constructivos, puede derivar en rabia, abstención, populismo, violencia o simple retirada silenciosa de la vida común.
No hay democracia sólida con jóvenes que sienten que el futuro fue clausurado antes de empezar. No hay economía sana con generaciones que no pueden proyectar estabilidad. No hay comunidad posible si cada quien aprende demasiado temprano que debe salvarse solo. Por eso la pregunta “¿de qué sirve?” no debe ser tratada como una insolencia juvenil, sino como una interpelación dirigida a todos: al Estado, a las universidades, a las empresas, a las familias, a la política, a los medios, a quienes ya recorrimos buena parte del camino.
Quizá la respuesta no pueda ser grandilocuente. Tal vez deba empezar por algo más modesto y más serio: sirve si somos capaces de reconstruir confianza. Sirve si el esfuerzo vuelve a tener sentido. Sirve si la educación abre caminos reales. Sirve si la tecnología se pone al servicio de las personas y no al revés. Sirve si dejamos de mirar a los jóvenes como problema y comenzamos a verlos como la medida más honesta de nuestras fallas y de nuestras posibilidades.
Porque una sociedad que no ofrece futuro a sus jóvenes termina hipotecando el suyo. Y una generación que deja de creer en el mañana no se pierde sola: nos arrastra a todos. La tarea, entonces, es urgente. No para prometer un mundo sin incertidumbre, sino para construir uno en que, pese a ella, todavía valga la pena responder: sí, sirve.





