Redes

08 Agosto a las 21:54   2300   Cartas al Director  

Roberto Méndez interpreta en una columna un sentir generalizado en la población, al señalar que las revelaciones sobre el comportamiento del jesuita Poblete son la culminación de una crisis de confianza extrema en el conjunto de las instituciones. Lo que prevalece, señala, es orfandad y miedo.
Cierto. Pero una mirada más acuciosa nos muestra que este tipo de comportamientos siempre ha estado presente en la historia humana, incluso en las instituciones más sacras, y muchas veces sobre todo en éstas. Véase solamente el origen del protestantismo para hacernos recordar las lacras que marcaron el actuar de la Iglesia Católica durante siglos.


Es que las “instituciones” -laicas o religiosas, políticas, educacionales, económicas, sociales- no son otra cosa que redes conformadas por seres humanos de carne y hueso. Y cuyas interacciones, según Humberto Maturana, están gatilladas por las emociones y el lenguaje. En ese orden. Es más: lo habitual es que el lenguaje -o sea el elemento racional de la comunicación- se utilice para justificar las emociones, vale decir las pulsiones irracionales.
De ahí que un efecto positivo de la postmodernidad sea el cuestionamiento de las instituciones. La desconfianza intrínseca frente a los poderes de todo tipo -es cierto que muchas veces exagerada y llevada al límite en las redes sociales- ha tenido como efecto que hoy se puedan conocer verdades antes ocultas. ¡Cuántas tropelías e injusticias habrán pasado inadvertidas en épocas en que no existía la vigilancia que hoy permiten las tecnologías de la comunicación!
En rigor, la caída de los santos es entonces una bendición.


Jorge Gillies, académico de la Facultad de Humanidades y Tecnología de Comunicación Social, UTEM.