Jorge Navarrete. Académico de la Universidad de Talca. Director Magister en Políticas Públicas. Doctor en Procesos Sociales y Políticos.
La “banalidad del mal”, es un concepto acuñado por la filósofa Hannah Arendt (1963) ante el juicio a criminal nazi, Adolf Eichmann en Jerusalén, un burócrata nazi que organizó -ni más ni menos- que el mayor exterminio que conociera la Humanidad, el Holocausto, el cual no parecía un fanático sádico, sino un funcionario vacío, obscuro y mediocre que solo quería ascender.
Dicho de otra manera, aunque más escueta, se trata de una situación objetiva dende: El mal y la crueldad, inclusive en su expresión más infinita, puede ser obra de un ser anodinamente mediocre.
Por tanto, a estos les tipifica cómo personas ordinarias que pueden cometer horrores sin una intención maligna profunda; lo hacen simplemente por obedecer órdenes, seguir normas burocráticas y carecer de reflexión crítica.
Son, en lenguaje de hoy, los: “Yes man”, es decir, una persona aduladora/segundona), una persona servil que siempre está de acuerdo con sus superiores, acatando órdenes sin cuestionar, quién a menudo sacrifica sus propias opiniones para evitar conflictos, ganar favores ,mantener cuotas de poder, o nombramientos incluso meramente simbólicos.
En suma, argumenta Arendt, que el mal no siempre proviene de monstruos, sino de la “incapacidad para pensar”; de la ausencia de reflexividad racional, al decir Kant; ni que decir de la indolencia o ausencia de un sentimiento de tristeza ante un sufrimiento inmerecido de otros, o falta de compasión (eleos), tal como la definió Aristóteles -hace ya más de 2500 años-; o lo que es lo mismo en la palabra “Mitleid”, de Schopenhauer, que la erigía como el pilar fundamental de la moral.
Dicho lo anterior, podríamos, en primer lugar, señalar que el concepto “Banalidad del Bien”, es una expresión antagónica pero simétrica, que nos permite reconocer una cierta sencillez en la calidad moral de aquellos que ejecutan acciones heroicas. Es decir, personas generalmente anónimas, silentes y modestas que realizan buenas acciones, que hacen el bien, imbuidos quizás, en una dignidad irrenunciable en la virtud secreta.
No obstante ello, y ya en segundo lugar, esta sencilla columna alude a otra connotación de la “Banalidad del Bien” en este siglo XXI, tan elocuente en Chile como en el mundo. En efecto, reconozcamos que la condición modesta de esas loables acciones, hoy parecen ser más esquivas debido a un cierto narcisismo, individualismo egoísta, al “como voy yo o nosotros vamos ahí”; es decir, se ha desvalorizado la “Banalidad del Bien”; se menosprecia la virtud, la excelencia y el compromiso ético, que es lo único que puede salvar nuestra Humanidad.
Nótese la actitud, opinión o accionar de muchos ciudadanos frente al hecho de una funcionaria en tratamiento de cáncer a ser despedida su trabajo; a un funcionario que se autoinculpa para proteger a su superior/ra en jerarquía, para proteger “su” pega, aún a costa del descrédito público personal e institucional; a quienes postulan o nombran en delicadas responsabilidades públicas a personas con prontuario o vinculadas a colusiones, violencia familiar u otras; a quienes niegan el apoyo a una mujer, mundialmente reconocida por su excelencia, a que pueda dignificar a su país en las más alta organización global que `precisamente defiende la dignidad de cada ser humano.
Mala cosa esa. Pues, me temo, la banalidad, ha penetrado sus corazones y su conciencia. En definitiva, no se puede concluir más que esas personas han clausurado las fuentes esenciales que le asignan sentido a sus vidas como son los valores de la familia, el estudio de la filosofía, de las religiones y de las buenas costumbres, las mismas que en otro tiempo, nos sirvieron de inspiración suprema para la buena gestión de la vida, y la custodia de lo humano.
Empero, es posible una tercera connotación respecto del concepto de la “Banalidad del Bien”, y es la que afecta a ciertas Instituciones Religiosas y Espirituales de nuestra sociedad que enarbolan los más elevados valores universales, pero que inconsecuentemente se auto silencian, frente al genocidio en Gaza, ante una eventual 3ª Guerra Mundial; y ante quienes elocuentemente han amenazado la libertad de pensamiento, de expresión, la restricción de la libertades públicas, de los avances civilizatorios, y en definitiva, quienes han generado el malbaratamiento de la propia dignidad de sus congéneres.
Conversando con mi hermano Daniel surgió un escrito del Doctor en Sociología, y ex senador por Antofagasta, Carlos Canteros O., que nos hizo mucho sentido su análisis respecto que existe una severa desconexión entre esas instituciones religiosas (esta vez menos la católica atacada alevosamente por Trump) y espirituales, en el sentido que existe una disonancia cognitiva, ética y sistémica, que se generan al proclamar Altos Ideales, pero paradojalmente enmudecen, o esbozan una praxis cada vez más estéril, sino actitudes anodinas o motivadas por la inercia.
A ello, los antiguos le llamaba aporía, pues representa una situación de parálisis intelectual donde dos premisas opuestas parecen igualmente válidas, resultando en una paradoja; es decir, Se refiere a una dificultad o callejón sin salida en el pensamiento o en un debate.
Este es un problema. Y es así, pues el compromiso con los valores Humanistas, no logran mitigar el impacto de las tendencias sociopolíticas, socioculturales, ni el anacrónico dogmatismo económico imperante a escala nacional y mundial.
Ello explica el hecho de estas instituciones de llegar a casi todo, tarde. Es lo que los griegos llamaba, histéresis, es el fenómeno por el cual el estado de un material o sistema depende de su historia previa, provocando un retraso entre la causa (estímulo) y el efecto. Es decir, cuando esta instituciones religiosas y espirituales (también las otras como las instituciones del estado) entregan su mensaje o desarrollan su accionar consecuente, lo hacen anacrónicamente.
Empero ello tiene solución. En primero lugar, se debe entender esta crisis de coherencia; asumir luego, liderazgos de los cambios civilizatorios sin descuidar los valores axiológicos que les distinguen; entender que la métrica importa; y praxis consecuente. De lo contrario, la “Banalidad del Bien”, hablar de los valores de forma abstracta y repetitiva hasta terminar perdiendo su poder transformador en la sociedad, a esas instituciones y a acólitos o miembros, les “acompañara como una sombra”, abriéndole paso a la “banalidad del mal” que aspiran revertir para salvar a la Humanidad.





