Profesor Alex Soto Poblete, Doctor en Demografía, Instituto de Matemáticas, miembro del Centro de Longevidad VITALIS, Universidad de Talca.
La caída de la fecundidad ha instalado la idea de que las universidades enfrentarán una crisis de matrícula. Pero el verdadero desafío es otro: adaptarse a una sociedad que envejece.
Chile atraviesa una transformación demográfica profunda. En 2024, la tasa global de fecundidad cayó a cerca de 1 hijo por mujer, uno de los niveles más bajos del mundo y muy por debajo del nivel de reemplazo generacional. Al mismo tiempo, la población envejece rápidamente, hoy cerca del 14% de los habitantes tiene 65 años o más, proporción que seguirá creciendo durante las próximas décadas.
Este cambio suele interpretarse únicamente como un problema para la educación superior, donde menos nacimientos significarían menos estudiantes universitarios. Pero esa lectura es incompleta. La transición demográfica no solo reduce el tamaño de las cohortes jóvenes, también modifica la estructura completa del ciclo de vida.
Durante gran parte del siglo XX, las universidades estuvieron pensadas para jóvenes entre 18 y 24 años que ingresaban al mercado laboral tras obtener un título profesional. Ese modelo respondía a sociedades más jóvenes y con trayectorias laborales relativamente estables. Hoy ese escenario cambió.
Las sociedades envejecidas requieren reconversión laboral, actualización permanente de conocimientos y trayectorias educativas más flexibles. En ese contexto, la educación superior deja de ser una etapa puntual para convertirse en un proceso continuo a lo largo de la vida.
El desafío para las universidades no es solo atraer estudiantes jóvenes, sino ampliar su rol hacia nuevas formas de formación, como educación continua, reconversión laboral, aprendizaje permanente y programas orientados a personas mayores. El cambio demográfico no implica necesariamente menos demanda educativa, implica una transformación de esa demanda.
Existe además una dimensión aún más relevante. El envejecimiento poblacional se ha convertido en uno de los grandes desafíos sociales del siglo XXI. Salud, cuidados de larga duración, integración social, tecnologías de apoyo y adaptación territorial serán áreas cada vez más críticas en las próximas décadas.
Las universidades están particularmente bien posicionadas para enfrentar este escenario porque combinan investigación, formación de capital humano e innovación. En sociedades envejecidas, pueden transformarse en plataformas de innovación social capaces de desarrollar soluciones para el cuidado, el envejecimiento activo y las políticas públicas basadas en evidencia.
La discusión de fondo, entonces, no es cuántos estudiantes jóvenes habrá en el futuro. La verdadera pregunta es qué papel deben cumplir las universidades en sociedades más longevas, con menos nacimientos y nuevas formas de vulnerabilidad social.
El desafío no es sobrevivir a la transición demográfica. El desafío es redefinir el lugar de las universidades en una sociedad que envejece.






