Celinda Lilian Letelier. Dra. en Sociología y Cs. Sociales de la Universidad Nacional de Brasilia – Flacso. Profesora de Filosofía – Pontificia Universidad Católica de Chile.
Entre las urgencias propias de la contingencia debido a la demanda social por responder en defensa de los derechos sociales que comienzan a ser cancelados bajo la actual gobernanza, los partidos políticos articulados bajo la actual oposición, están bajo la mira de los panelistas y líderes de opinión porque, al parecer, no terminan de definir una ruta y un propósito -más allá de la declaración de las buenas intenciones de “unidad”. En este contexto, esta opinión trata, en su primera parte de: elaborar y analizar una determinada cultura política chilena expresada en las urnas, en las últimas elecciones presidenciales, y que colocó en el sillón presidencial a José Antonio Kast líder de la extrema derecha y del Partido Republicano.
En efecto, en un contexto de análisis y elaboración de la derrota de la candidata continuista del gobierno de Gabriel Boric, la exministra del trabajo Jeanette Jara, existe un marco general con varios componentes de la cultura política chilena que a modo de variables explicativas, se expresaron en el voto, sin embargo, esta reflexión, situada y posicionada desde la izquierda, se iniciara considerando como primera variable: la evidente expresión del anticomunismo chileno en las clases medias.
Hacerse cargo de esta sensibilidad cultural “anticomunista” presente en la cultura política chilena, preferencialmente en los sectores medios del país, permite comenzar a recorrer un camino de comprensión y no de enjuiciamiento hacia quienes votaron por la ultraderecha. Y, esta comprensión viene dada precisamente de cara a la observación de los cambios en la formación política y cultural de este sector de clase desde lo que fuera el inicio del siglo XX en su recorrido hacia finales del mismo siglo, que apostó al retorno pacífico de la democracia, y lo que es y sea en la actualidad a comienzos del siglo XXI, ya instalada de manera irreversible en el padrón de comportamiento del modelo neo liberal, la globalización, los avances tecnológicos del trabajo generados desde la nube, y las plataformas digitales.
Configuración de la Clase Media Chilena
Para efectos de continuidad, se entenderá por clase media chilena, a una forma de agrupación, clasificación e inserción social de una determinada población de acuerdo al ingreso mensual que oscila entre el salario mínimo con Abc3, y Abc2 en torno a los 3 millones de pesos. Siguiendo la propuesta de comprensión sugerida por Mario Marcel en La Montaña Rusa (2026: 92), a mediados de la década del 2010, Chile contaba con la mayor clase media de América Latina, además, esta había crecido más rápido que los demás países. En el 2009 constituía el 35.8% de la población, y en el 2017 su nivel de expansión alcanzaba el 58.8%. En 8 años aumentó un 23% y si hacemos una estimación teniendo como referencia los datos de la densidad electoral al año 2026, estamos hablando aproximadamente de 3 millones de votantes de un total de 15.791.056.
Evidentemente este crecimiento y expansión se organizó bajo el aprendizaje de ciertos padrones de comportamiento entre los cuales está: el aumento del consumo, el acceso a bienes heredables, el acceso a la propiedad privada, el acceso al endeudamiento, el acceso a la educación superior y a la vivienda a través del crédito, el subsidio, la gratuidad, y en su conjunto, al acceso a la movilidad social ascendente.
Una buena parte de las actuales clases medias chilenas emergentes en democracia, provienen de las clases bajas, es decir, de la estratificación D y E que en Chile identifica a los sectores vulnerables, carentes, y en la pobreza. Es decir, un sector importante de lo que es hoy la clase media chilena tiene su origen en la pobreza, y fue a través de la movilidad social ascendente establecida a través de los 30 años de gobierno de la concertación, que consiguieron salir de ese nicho clasificatorio, y ascender al nivel medio. En este proceso experimentaron un anclaje y un apego no solamente hacia el nivel alcanzado, al estatus logrado, sino al estilo de vida producido y generado. Es una clase media que surge del CAE, del Crédito Solidario, del Auge, que lentamente va accediendo a las vacaciones fuera del país con endeudamiento a través de tarjetas de crédito, y a la inclusión en la clasificación social como emprendedores y medianos emprendedores en rubros de negocios y pequeñas empresas.
A través de un proceso de diferenciación e introyección de las diferentes formas de capital: económico, simbólico, social y cultural, esta clase media emergente estructuró, organizó, buscó y busca consolidar un estilo de vida que: por una parte, lo desenraiza de su tradicional linaje obrero, proletario, rural y urbano. Y por otra parte lo enclasa, lo clasifica, lo categoriza o asigna a una posición social distinta: la clase media chilena, al interior de la cual también existen formaciones históricas ya conjugadas, con las cuales puede entrar en colisión en términos de estilos de vida. En efecto, las tradicionales clases medias chilenas tenían un padrón de comportamiento cercano a la austeridad en el consumo, al buen vivir honesto, sencillo, y basado en el respeto a las reglas de buena y sana convivencia. En la interacción con la clase media emergente, por cierto, también ha experimentado modificaciones.
Descrito de otra forma, se trata de definir una clase media proveniente del clásico pobre y vulnerable que en la división socio sexual capital/trabajo, solamente tenía acceso a tener hijos e hijas, es decir, solamente tenía acceso a la reproducción de la fuerza de trabajo que va ingresando al sistema de producción capitalista, y, que durante el trascurso del siglo XX es definido como obrero proletario, y cuyo anclaje de definición política cobró fuerza desde las luchas del comunismo internacional, y del partido comunista chileno.
Es precisamente desde este nicho que se produce un trasvasije e inserción en el siglo XXI hacia el aumento de las clases medias inaugurando con ello, un cambio cultural profundo que se expresa en una redefinición de la clase obrera y la emergencia del anticomunismo. Dicho sea de paso, no se considera aquí al socialismo chileno en su inserción patrimonial histórica de la inserción de la clase obrera y sindicalista precisamente porque el partido socialista de Chile, desde su formación en 1933 incorporó a los sectores medios profesionales, al trabajador manual e intelectual como parte de su anclaje en la lucha social.
La Trasformación de la Clase Media Chilena en el siglo XXI
En el libro el Poder Simbólico, (1999) Pierre Bourdieu, describe un desglose del capital económico que se expresa en las sociedades en general. En efecto, este no se limita al dinero que sería el principal capital desde donde se derivan los otros. Sino que avanza hacia la definición de un conjunto de recursos y poderes acumulados que determinan la posición de un individuo en la estructura social y sus posibilidades de éxito. Se clasifican en cuatro tipos principales, convertibles entre sí: cultural, social, simbólico y por cierto el económico (dinero) que son los recursos materiales y financieros de que dispone un actor social para insertarse y ser enclasado en determinada posición social. En este caso, como perteneciente a la clase media en Chile.
El Capital Cultural en síntesis se corresponde con el bagaje cultural heredado o adquirido que otorga estatus y distinción. Se presenta en tres estados: Incorporado, es decir, habilidades, conocimientos, acento, modales y hábitos (“habitus”) integrados con el tiempo. Objetivado: es decir, bienes materiales de valor cultural (obras de arte, libros, instrumentos). Institucionalizado, es decir, los títulos académicos y credenciales educativas que certifican el conocimiento. Al aplicarse a las clases medias emergentes de siglo XXI en Chile, se puede afirmar que un porcentaje alto de familias accede a este tipo de capital a través de la apuesta a la educación universitaria y a la democratización del acceso a títulos profesionales y técnicos de sus hijos e hijas. En su mayoría exitosa. Sin embargo, un porcentaje de esta clase media que realiza inicialmente esta apuesta, termina en la deserción debido al no desarrollo de las competencias y habilidades requeridas para ser aprobado e integrado. Lo cual incluye la evaluación no solo del propio retroceso, sino la minusvaloración del sistema social que finalmente no entrega la pertenencia deseada o prometida.
El Capital Social se corresponde con los recursos derivados de las redes de relaciones y contactos. Son el conjunto de redes de conexiones sociales, contactos influyentes y el apoyo de familiares o colegas que pueden movilizarse para obtener beneficios. Al aplicarse a las clases medias emergentes del siglo XXI, la mayoría es vulnerable en relación al acceso a este capital. En Chile se usa y se valida el tradicional “pituto”, sin embargo, el rechazo, la discriminación, y la exclusión sistemática a esta red de conexiones, ha traído como respuesta el resentimiento social, la mutación de la propia condición de clase, y el rechazo al reconocimiento de la proveniencia social. Es decir, el resentimiento hacia la política y la élite que la posee y distribuye, el desplazamiento del sentido de pertenencia desde la clase obrera, proletaria, hacia la condición de ser “emprendedor o emprendedora”, y el blanqueamiento y negación del linaje histórico del cual se proviene. Desde aquí, se comienza a asumir el anticomunismo.
Finalmente se explica el Capital Simbólico que es el reconocimiento y la legitimidad social. Se traduce en el prestigio, honor, fama, autoridad o “crédito” social. Es la percepción del propio reconocimiento público y de los otros y otras a quienes se los reconoce como prestigiosos o prestigiosas. Por ejemplo: la buena reputación de un profesional galardonado, o el prestigio asociado a un apellido. Al interior de la configuración de las clases medias chilenas emergentes este tipo de capital es el que más se ha modificado en términos del significado de lo que sea la fama y el prestigio sobre todo desde la instalación en la circulación en las redes sociales. En este sentido lo que se observa es que el comunismo como identidad social no se traduce en fama, y dejó de portar honor, reconocimiento social. En cambio, a diario se asiste a la emergencia en la pantalla, de variados personajes que portan fama y prestigio acicalados de significados de dudosa calidad cívica y valórica. Y, es esa fama o prestigio la que prende en identidades vulnerables, y esa fama es anticomunista en el estilo de vida que promueve.
En efecto, se trata de una clase media que fue interpelada como “gente” durante los últimos 30 años en las diferentes campañas electorales, buscando una marca transversal, universalista y no “comunista”. Es una clase media desideologizada, inmediatista, ¿un “centro político woke”?Esuna clase media emergente que aprendió a conocer el bienestar social y comunitario a través del consumo, y que define un proceso de diferenciación individuado en términos de calidad de vida. En este sentido no se reconoce en el sacrificio del bolsillo, del ahorro, la censura y la represión porque vive en democracia, y ha avanzado en democracia. Es una clase media que quiere consolidarse como tal, y que no desea una movilidad social descendente.
Pues bien, a esa clase media con un batido de estos capitales pasados por un colador, le habló y le sigue hablando Franco Parisi con: el “enchulamiento” de la cuatro por cuatro, los pañales y los remedios. Es una clase media de comunicación fácil, monetarizada, no intelectualizada que despertó ante el eslogan: ni facho ni comunacho. Por su contexto socio-histórico de emergencia y ascenso social, la cultura de izquierda comunista, meritocrática, expresada en la campaña de Jeannette Jara resultó exponer un cierto tono discriminador. Ya que, en la auto percepción, este sector se posiciona sin los capitales descritos con anterioridad o transeúntes de los mismos. La invitación resultó ser un proyecto no concursable, no deseable ni atractivo para quién aspira a una movilidad social ascendente fácil, y a una fama de rápido alcance. En definitiva, fue una invitación excluyente, que no convenció a quién fue enclasado fuera de ella. Dicho lo anterior, entender este clivaje cultural emergente posibilitará revisar el estado interno de las hegemonías partidarias, permitirá validar los términos, reglas y protocolos internos para la competitividad electoral, así como, las alianzas y pactos que se requieren para reconstruir y conquistar el poder político también desde este sector de clase.





