Iván Palomo G. Director, Centro de Longevidad VITALIS, Universidad de Talca; Coordinador del Centro Interuniversitario de Envejecimiento Saludable (CIES-CUECH) y de la Red Interuniversitaria de Envejecimiento Saludable de Latinoamérica y Caribe (RIES-LAC).
Cuando pensamos en las personas mayores solemos imaginar dos escenarios extremos. Por una parte, personas activas, autónomas e independientes. Por otra, personas que viven con enfermedades avanzadas y dependencia para realizar actividades cotidianas. Sin embargo, entre ambos existe una condición silenciosa que suele pasar inadvertida y que hoy constituye uno de los mayores desafíos del envejecimiento saludable: la fragilidad. En el Maule, aproximadamente una de cada cinco personas mayores de 65 años presenta algún grado de fragilidad.
La fragilidad no es una enfermedad específica. Es un estado de mayor vulnerabilidad que disminuye la capacidad del organismo para recuperarse frente a situaciones de estrés, como una infección, una hospitalización, una caída o incluso cambios importantes en la vida cotidiana.
Una persona frágil puede seguir viviendo en su hogar, desplazarse por sus propios medios y mantener una vida relativamente independiente. Sin embargo, dispone de menores reservas físicas y funcionales que otras personas de la misma edad, lo que aumenta el riesgo de discapacidad, dependencia, hospitalización e incluso mortalidad.
Una característica fundamental de la fragilidad es que no constituye una consecuencia inevitable del envejecimiento. Muchas personas alcanzan edades avanzadas sin desarrollarla, mientras otras pueden comenzar a presentar signos de fragilidad a edades más tempranas.
Por ello, la detección precoz resulta fundamental.
Algunos signos pueden parecer poco importantes: pérdida involuntaria de peso, disminución de la fuerza muscular, sensación persistente de cansancio, caminar más lentamente o reducir la actividad física habitual. Cada uno de ellos, por separado, puede parecer parte del envejecimiento. Pero cuando se presentan conjuntamente pueden indicar que la persona está entrando en una etapa de mayor vulnerabilidad.
La buena noticia es que la fragilidad puede prevenirse y, en muchos casos, revertirse parcialmente. La evidencia científica muestra que la actividad física regular, una alimentación adecuada, el control de enfermedades crónicas, la estimulación cognitiva y la participación social contribuyen a preservar la capacidad funcional y reducir el riesgo de fragilidad. La fragilidad no siempre anuncia el final de la autonomía. Muchas veces es la última oportunidad para protegerla.
Este enfoque refleja uno de los cambios más importantes de la medicina moderna. Durante años los sistemas de salud concentraron gran parte de sus esfuerzos en tratar enfermedades una vez que aparecían. Hoy comprendemos que también es necesario identificar tempranamente a quienes están perdiendo reservas funcionales antes de que se instale la dependencia.
En una región como el Maule, donde el número de personas mayores continuará aumentando durante las próximas décadas, la detección precoz de la fragilidad debe transformarse en una prioridad para la salud pública. Detectarla precozmente significa generar oportunidades de intervención cuando todavía es posible preservar la autonomía y la calidad de vida.
Después de todo, el objetivo no consiste únicamente en vivir más años, sino en llegar a ellos con la mayor capacidad posible para seguir tomando decisiones, participando en la comunidad y desarrollando proyectos personales. Porque envejecer bien no significa solamente sumar años a la vida; significa conservar, durante el mayor tiempo posible, la autonomía, la dignidad y el sentido de vivir. Y es precisamente por eso que muchas veces la dependencia no comienza de un día para otro. Comienza silenciosamente, cuando la fragilidad avanza sin ser reconocida ni enfrentada a tiempo.






