Sábado, Febrero 7, 2026
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El patrimonio alimentario como aprendizaje vivo

Antonieta Muñoz Quilaqueo. Profesora en Educación Técnico-Profesional – Universidad Austral de Chile. Candidata a Magíster en Política y Gestión Educacional – Universidad de Talca.

Por qué enseñar cocina también es enseñar territorio, memoria y futuro.

Hablar de patrimonio alimentario cuando hablamos de cocina no es una moda ni una
consigna pasajera. Es una forma de comprender la alimentación como un saber heredado,
colectivo y en permanente movimiento, donde convergen naturaleza, cultura y comunidad. 

En este sentido, iniciativas como la reciente publicación Patrimonio Alimentario de Chile: Productos y preparaciones de la Región del Maule representan una oportunidad valiosa para fortalecer la educación, la identidad territorial y la formación técnica con sentido.

La cocina regional no se construye solo desde las recetas. Se conforma a partir de los
paisajes, los ciclos agrícolas, los oficios, las tradiciones y las personas que han transmitido estos saberes de generación en generación. Cada preparación habla de un tiempo y de un lugar; de mercados, ferias, huertos, fogones y cocinas familiares donde madres, padres, abuelas y abuelos transformaron la escasez en creatividad y sustento. Entender la cocina como patrimonio es reconocer ese entramado vivo que sigue vigente en nuestros días. 

Desde esta mirada, el patrimonio alimentario no pertenece únicamente a los espacios gastronómicos formales ni a los eventos culturales. Vive también en los hogares, en la producción local, en las prácticas campesinas y en las cocinas populares que han dado identidad a nuestros territorios. Por eso, su valor no es solo cultural, sino también educativo, social y productivo.

En la Región del Maule, donde la gastronomía, la agricultura y el turismo forman parte del
tejido económico y cultural, este patrimonio adquiere una relevancia especial para quienes hoy se están formando como técnicos y técnicas en estas áreas. Para ellos y ellas, el patrimonio alimentario no es un contenido abstracto: es la base desde la cual pueden comprender el sentido de su oficio y proyectar su trabajo con identidad y pertinencia territorial.

De ahí la importancia de que libros como este; financiados con recursos públicos y fruto de
un trabajo riguroso en terreno, estén disponibles de manera efectiva en los establecimientos
educacionales. No solo como un recurso digital, sino como un material físico que pueda ser leído, consultado, trabajado y discutido en aulas, talleres y bibliotecas escolares. La presencia concreta del libro facilita su uso pedagógico y favorece su integración en procesos formativos reales.

Incorporar el patrimonio alimentario en la educación técnico profesional permite formar
estudiantes que no solo dominen técnicas, sino que comprendan el origen de los insumos, el valor de la producción local y el rol de las comunidades que sostienen estos saberes. Es una forma de educar desde el respeto, la memoria y la responsabilidad con el territorio. Más que preservar el pasado, enseñar patrimonio alimentario es proyectar futuro. Es ofrecer a las nuevas generaciones herramientas para innovar sin perder identidad, para emprender con sentido y para valorar los saberes que han dado forma a nuestra cultura alimentaria.

Porque cuando el patrimonio entra a la escuela, deja de ser un concepto y se transforma
aprendizaje vivo. Y cuando llega a quienes se están formando, se convierte en una herencia
compartida que sigue creciendo, sin perder su raíz.

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