Escuchar

20 Mayo 2018   551   Opinión   Horacio Hernández Anguita
Columnista Diario El Centro
Horacio Hernández Anguita

Villa Cultural Huilquilemu de la UCM

Uno de los sentidos maravillosos que tenemos, es el oído. Por los oídos sentimos en nosotros los sonidos mismos emitidos desde la realidad múltiple y, escuchamos también, el “sonido articulado” de las palabras.
Así, sentimos en nosotros las olas del mar golpeando en las rocas, el canto de los pájaros en el cielo o, el huracanado batir del viento, ecos primordiales de la naturaleza. Junto a ellos, están los sonidos de nuestras obras y labores. La ciudad de hoy está llena de sonidos o ruidos, muchos de los cuales dan cuenta de variados mecanismos tecnológicos y del fragor de la vida que llevamos.
Igualmente, están los sonidos que nacen del arte, desde los orígenes de la cultura, como la música misma, en sus ritmos, sinfonías, timbres y sonidos de la voz humana, tonos y variantes. Ahí están los melódicos y cautivantes instrumentos, ya de cuerdas, como la guitarra, el charango o el violín; ya de vientos, como la quena, la flauta, o las trompetas; o, por último, la percusión vibrante de los timbales estremecedores, los tambores, platillos o triángulos.
Recordemos que, entre todos los sonidos, escuchar la palabra, al “logos”, es lo más propio del hombre. Por eso Aristóteles sentenció que el hombre es “el animal que tiene palabra”. La palabra no es ni la gráfica, ni el sonido articulado, sino el significado interior que el hombre es capaz de sentir intelectivamente de esos sonidos y lenguajes. Según San Agustín, se trata del “verbo interior”, que el hombre concibe, en el reconocimiento auténtico de la verdad…
Muy agudamente nuestro filósofo chileno, Jorge Eduardo Rivera, advierte sobre el oír, lo siguiente: “con el escuchar sucede una cosa muy particular que no sucede con el ver: se puede desoír la palabra o la cosa sonora que se manifiesta auditivamente. Se puede desoír todo sonido. Desoír no significa “no oír”, sino no ser llevado hacia la cosa que suena: y eso es lo que en buen castellano se dice “no escuchar”. Se puede oír –insiste nuestro autor con gran claridad-, sin escuchar”.
Ahora bien, ¿qué tenemos que escuchar en esta hora de tantas voces? ¿Cuáles son las palabras apremiantes e iluminadoras, que resuenan en nuestro interior, para llevarnos a la verdad que hace libre (Jn 8, 32)?
Sea lo que sea, en todo, es indispensable la atenta disposición a escuchar la palabra verdadera, con total desprendimiento, para no desoír su llamada…