Un informe de Ciccra revela que el consumo anual de carne bovina descendió a 47,3 kilogramos por habitante, mientras el mercado explora proteínas no convencionales para enfrentar la inflación.
Según el último reporte de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados (Ciccra), el consumo de carne vacuna retrocedió a niveles no vistos en dos décadas, fijándose en 47,3 kilos anuales por persona. Esta cifra representa una caída del 3,7% interanual y se aleja drásticamente del récord de 69,9 kilos alcanzado en 2009.
El fenómeno responde a una combinación crítica de factores. Por un lado, la oferta de hacienda disminuyó debido a sequías extremas e inundaciones registradas entre 2022 y 2025, lo que redujo el stock ganadero. Por otro lado, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) reportó que los cortes populares, como el asado, sufrieron incrementos de precio superiores al 68% en el último año, superando con creces el alza del pollo, que avanzó un 41,2%.
Ante el encarecimiento de la res, han surgido alternativas que desafían los prejuicios culturales. En la Patagonia, la venta de carne de burro generó un intenso debate tras agotarse un stock piloto en apenas 36 horas. Con un valor cercano a los 7.500 pesos argentinos, esta proteína cuesta un tercio de lo que vale el vacuno tradicional. A esta tendencia se suman el consumo de guanaco, llama —valorada por su bajo colesterol— y el jabalí, que gana terreno en provincias como Mendoza y Córdoba bajo estrictos controles sanitarios.
En el ámbito internacional, el sector exportador muestra un escenario dual. Aunque el volumen de envíos bajó, los ingresos totales crecieron un 28% debido al aumento del precio internacional por tonelada. En el caso de Chile, las importaciones de carne argentina cayeron un 41,2%, consolidando un cambio en la dieta regional donde el pollo ya lidera las preferencias por sobre el vacuno y el cerdo.





