Diego Palomo. Abogado. Doctor en derecho procesal y académico de la Universidad de Talca.
Hubo un tiempo —que, en realidad, terminó hace apenas unos meses— en que parecía que todos los problemas del país podían resolverse simplemente con el cambio de gobierno. O, al menos, eso se decía. Bastaba escuchar algunos discursos de campaña para concluir que temas tan complejos como la seguridad, la delincuencia, el crecimiento económico, la migración, las listas de espera, la probidad o la educación estaban a pocas decisiones de distancia de encontrar solución. Y no cualquier solución: una rápida, contundente y casi inmediata. Como si gobernar consistiera únicamente en llegar al poder, dar una orden y ver cómo la realidad obedecía.
Pero la realidad, porfiadamente, no funciona así.
Entonces ocurre lo inevitable. Pasa la elección, se gana y se llega a La Moneda. Y, de pronto, el tono cambia. Los mismos que hace pocos meses hablaban con absoluta seguridad, con frases categóricas y una confianza desbordante, comienzan ahora a pedir paciencia, a llamar a la calma y a explicar que los resultados requieren tiempo. Que no existen soluciones mágicas. Que las transformaciones profundas exigen responsabilidad y gradualidad.
Ahí queda en evidencia una diferencia fundamental: una cosa es ofrecer un horizonte de mejora y otra muy distinta es instalar expectativas irreales basadas en soluciones instantáneas imposibles de concretar. Ese es el problema de fondo. La política contemporánea —y no solo en Chile— se ha llenado de pirotecnia, de frases grandilocuentes y de consignas diseñadas para el impacto inmediato. Promesas que funcionan muy bien en TikTok, en un matinal o en un debate televisivo gritoneado como los de Sin Filtros, pero que se derrumban apenas chocan con la complejidad del ejercicio real del poder.
El problema es que las expectativas artificialmente infladas no son inocuas. Cuando durante meses se repite que todo depende únicamente de la voluntad política, el ciudadano naturalmente espera resultados inmediatos. Y cuando esos resultados no llegan, lo que aparece no es solo frustración. Es desencanto, desconfianza y la sensación de haber sido víctima, una vez más, de una operación de marketing electoral más que de una conversación honesta con el país.
Especialmente delicada resulta esta situación en materia de seguridad. Allí las expectativas fueron particularmente altas. Se instaló la idea de que existía una receta clara, directa y eficaz para recuperar el control. Pero gobernar no consiste en administrar slogans, menos aún cuando la comunicación tampoco acompaña. La delincuencia no desaparece por decreto y el crimen organizado no se combate simplemente porque alguien haya ganado una elección. Cuando la ciudadanía percibe esa distancia entre el relato electoral y la realidad, lo que se deteriora no es solo la evaluación de un gobierno, sino algo mucho más profundo: la credibilidad de la política misma.
Por eso el problema no es únicamente el incumplimiento posterior. El problema es, sobre todo, el abuso previo de certezas artificiales. La venta de soluciones tipo panacea para fenómenos extraordinariamente complejos, como si bastara cambiar de administración para revertir años de debilidades estructurales y crisis sociales acumuladas.
Gobernar exige muchas cosas, pero también obliga a evitar otras: la visión maniquea tan instalada en Chile, esa tendencia a dividir todo entre buenos y malos, sin matices; a anunciar transformaciones épicas y ofrecer soluciones totales únicamente para ganar elecciones. Porque después llega el momento incómodo en que la realidad pasa la cuenta. Y entonces aparecen los llamados a la prudencia, a la responsabilidad y al largo plazo. El problema es que, para entonces, buena parte de la ciudadanía ya siente que le cambiaron el discurso a mitad de camino.
Quizás una de las principales lecciones de este tiempo sea precisamente esa: la política necesita menos fuegos artificiales y más honestidad intelectual. Menos ofertones mágicos y más sentido de realidad. Menos épica pirotécnica y más responsabilidad frente a lo que se promete. Porque cuando la política —y los políticos— se acostumbran a vivir del exceso verbal, terminan inevitablemente siendo víctimas de sus propias exageraciones.
Es oportuno impulsar cambios que permitan avanzar de una manera distinta. Se debe terminar el recreo. Ese recreo que algunas autoridades aún parecen creer que continúan viviendo, como si siguieran en el patio y no ejerciendo responsabilidades de Estado.





