Iván Palomo G. Director del Centro de Longevidad VITALIS, Universidad de Talca, y Coordinador del Centro Interuniversitario de Envejecimiento Saludable (CIES-CUECH).
Hace algunos días, el Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA), junto al Ministerio de Desarrollo Social y Familia, convocó a representantes de universidades chilenas a una jornada de trabajo orientada a la preparación del diseño e implementación de la futura Política Nacional de Envejecimiento. La invitación refleja que el país comienza a comprender que el envejecimiento poblacional ya no es únicamente un desafío sanitario o social, sino una transformación estructural que requerirá capacidades permanentes de articulación entre Estado, academia, municipios y sociedad civil.
Durante años, el envejecimiento poblacional fue observado en Chile como una tendencia lejana, casi estadística. Sin embargo, hoy ya constituye una de las transformaciones sociales más profundas que enfrenta el país.
Los datos recientes del Censo 2024 muestran con claridad esta realidad: Chile envejece aceleradamente. Aumenta la proporción de personas mayores, disminuye la natalidad y se modifica la estructura demográfica que sostuvo históricamente nuestros sistemas sociales, sanitarios y económicos. Lo que antes parecía un fenómeno gradual, hoy se instala como un desafío estructural de desarrollo.
En este contexto, la próxima promulgación de la nueva Ley Integral de Personas Mayores y la futura Política Nacional de Envejecimiento Digno, Activo y Saludable representan una oportunidad histórica. No se trata únicamente de una nueva normativa. Se trata, potencialmente, de un cambio de mirada.
Durante décadas, gran parte de las políticas hacia las personas mayores estuvieron centradas principalmente en asistencia, vulnerabilidad y dependencia. Sin desconocer esas necesidades, el nuevo escenario obliga a ampliar la perspectiva. Chile necesita prepararse para vivir más años, pero también para vivir mejor durante más años.
Eso implica comprender el envejecimiento no solo como un asunto del sistema de salud o de programas sociales específicos, sino como una transformación transversal que involucra ciudades, transporte, vivienda, educación, cultura, participación social, tecnologías, cuidados y convivencia intergeneracional. El desafío es enorme. Pero también lo es la oportunidad.
La longevidad puede transformarse en una plataforma de desarrollo humano, cohesión social y nuevas formas de participación comunitaria, siempre que el país sea capaz de anticiparse. Las sociedades que logran adaptarse tempranamente a los cambios demográficos suelen generar mejores condiciones de bienestar, autonomía y calidad de vida para toda la población, no solo para las personas mayores.
Por ello resulta especialmente relevante que la nueva legislación contemple una Política Nacional con participación incidente de la ciudadanía y de distintos actores sociales y académicos. Esa participación no debiera ser meramente simbólica. La construcción de una política pública de largo plazo requerirá capacidades técnicas, evidencia, diálogo territorial y evaluación continua.
Asimismo, para desarrollar un diagnóstico adecuado del envejecimiento en Chile, en sus múltiples dimensiones sociales, sanitarias, funcionales, territoriales y comunitarias, será necesario impulsar estudios y procesos de caracterización a nivel comunal y regional. Las realidades demográficas y sociales del país son heterogéneas, por lo que una política nacional efectiva requerirá información territorial robusta y actualizada. Ello implica también reconocer que el Estado deberá destinar recursos específicos para apoyar diagnósticos, monitoreo, generación de indicadores y evaluación de impacto en los distintos territorios.
En este escenario, la participación de la academia será especialmente importante en ámbitos como diagnósticos regionales sobre envejecimiento, generación de indicadores, monitoreo y evaluación de metas, procesos de participación incidente, formación especializada, innovación social y articulación territorial.
En ese contexto, iniciativas como el Centro Interuniversitario de Envejecimiento Saludable (CIES-CUECH) y el Centro de Longevidad VITALIS de la Universidad de Talca, pueden contribuir desde la investigación aplicada, la formación interdisciplinaria, el trabajo territorial, la innovación social y la articulación de redes académicas y comunitarias vinculadas al envejecimiento saludable y la longevidad. Tal vez uno de los mayores desafíos sea precisamente ese: pasar desde iniciativas fragmentadas hacia una verdadera arquitectura colaborativa para enfrentar la longevidad.
El envejecimiento poblacional ya no pertenece al futuro: está ocurriendo ahora. Probablemente, éste será uno de los temas que más influirá en la organización social, sanitaria y económica de Chile durante las próximas décadas. Por ello, más que adaptarnos a una sociedad con más personas mayores, debemos aprender a vivir mejor durante más años. Y eso exige no solo políticas públicas, sino también una nueva cultura de la longevidad.






