Jorge Navarrete Bustamante. MBA. Académico de la Universidad de Talca. Past President. Junta de Adelanto del Maule. Doctor en Procesos Sociales y Políticos. Alumni Harvard Business School. Instituto Estrategia y Competitividad. Red MOC.
Mis padres Jorge y Raquel, se esmeraron en cultivar la lectura desde nuestra niñez, para lo cual jamás dejaron de adquirir un libro, disponible en nuestra biblioteca familiar.
Era la biblioteca de mi hogar, sencilla, aunque con textos de notable diversidad filosófica, histórica, política, religiosa, científica; en fin, libros sobre la naturaleza, el pensamiento y la sociedad. “Es peligrosa la persona que lee un solo libro, pues en ella se suele anidar el fanatismo, integrismo, la violencia verbal, física y metal”, solía decirme mi papá.
Es que coincidía con el decir de la maravillosa filóloga Irene Vallejos, la cual objetivamente aseveraba: “Los libros han legitimado, es cierto, acontecimientos terribles, pero también han sustentado los mejores relatos, símbolos, saberes e inventos que la humanidad construyó en el pasado”.
Luego, ella fundamentaba: “En la Ilíada contemplamos el desgarrador acercamiento entre un anciano y el asesino de su hijo; en los versos de Safo descubrimos que el deseo es una forma de rebeldía; en la Historia de Heródoto aprendimos a buscar la versión del otro; en Antígona vislumbramos la existencia de la ley internacional; en las Troyanas nos enfrentamos a la barbarie propia; en una epístola de Horacio encontramos la máxima ilustrada, atrévete a saber, en el Arte de amar de Ovidio hicimos un curso intensivo de placer; en los libros de Tácito comprendimos los mecanismos de la dictadura; y en la voz de Séneca escuchamos un primer grito pacifista”.
Es que los libros nos han legado algunas ocurrencias de nuestros antepasados que siguen plenamente vigentes, como: la igualdad de los seres humanos, la posibilidad de elegir a nuestros dirigentes, la intuición de que tal vez los niños estén mejor en la escuela que trabajando, la voluntad de usar el erario público para cuidar a los enfermos, los ancianos y los débiles.
Todos estos prodigiosos hallazgos de los antiguos, de esos que llamamos clásicos, llegaron hasta nosotros, gracias a los libros. Ergo, sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido.
Sin embargo, los libros han sido objeto de persecuciones, prohibiciones y destrucciones por sujetos obscuros que -si es que han leído ellos algo- creen que las respuestas están en un solo libro, respecto del cual se adoctrinan y se someten. Casos en la historia de la Humanidad abundan: desde incinerar la biblioteca de Alejandría por los cristianos, pasando por los fascistas, nazis y dictaduras (incluyendo chilena) con sus hogueras de libros; para finalizar con la proscripción de estudios y textos contemporáneas por el llamado “estado islámico”, Al Qaeda, del Israel de Netanyahu, de Trump y de la ultraderecha global que, ante la actitud recoleta de universidades -salvo excepciones como Harvard University- ellas se atemorizan (le llaman “prudencia”), se someten y obstaculizan la creación, reconocimientos y difusión de avances civilizatorios.
¿Piensa usted que ello no ocurre hoy, en el Maule?
Lamentablemente, pareciera ser que ya está acaeciendo. Efectivamente, acá en Talca, el destacado periodista y escritor Gabriel Rodríguez denunció que la presentación de su libro “Auschwitz, Colonia Dignidad y Más. Historias de héroes y canallas”, programada para el sábado recién pasado, en el Museo O’Higginiano, fue “suspendida”, decisión que habría sido adoptada por la Secretaría Regional Ministerial de las Culturas, las Artes y el Patrimonio del Maule, indicando, el reconocido autor, que la actividad fue cancelada sin entregar explicaciones.
Ello es muy grave.
Por esto, el encomiable coraje del Colegio de Periodistas de Chile, del Colegio de Periodistas Maule Norte, y de la Sociedad de Escritores de Chile, hicieron saber su malestar; y el libro fue igualmente presentado en la calle, en las afuera del Museo O’Higginiano, en defensa de la libertad de expresión, de la cultural, y del desarrollo libre del espíritu.
Ya se evidencian más casos en centros educativos, donde las actuales autoridades académicas se niegan, mediatizan o buscan “empatar” con otra obra de idea contraria, en búsqueda de favores de la actual autoridad política, frenando con ello, en el decir de Habermas y Honnet: reconocimientos de libros, o negando dependencias para presentarlos ante la ciudadanía de nuestra polis.
Es triste, pero así estamos, al menos, en el Maule.
Tales instituciones y, en especial quienes la dirigen, ignoran que, gracias a esos hallazgos, nació un espacio inmenso de encuentro con los otros y se produjo un fantástico incremento en la esperanza de vida de las ideas, de los valores, de una Humanidad más digna.
Ignoran esos sujetos que, de alguna forma misteriosa y espontánea, el amor por los libros forja una cadena invisible de personas que, sin conocerse, han salvado el tesoro de los mejores relatos, sueños y pensamientos a lo largo del tiempo, imperecederamente de generación en generación.
Ignoran ellos, que todo libro es un pasaporte sin caducidad, para ese maravilloso viaje en el tiempo y a todo lugar, que pueda emprender todo niño/a, y ser humano que lee.
Ignoran aquellos ignorantes que cercenan o inhiben ideológicamente referenciar la lectura de un libro a sus semejantes eso que, en el decir de Emilio Lledó: “el libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo. Una prodigiosa trampa con la que la inteligencia y la sensibilidad humana vencieron esa condición efímera, fluyente, que llevaba la experiencia del vivir hacia la nada del olvido”.
Ignoran esos burócratas, que en los libros caben planteamientos excéntricos, voces de
identidades individuales, desafíos a la tradición y al poder imperante, que todo ello también importa, y merecen ser reconocidos, presentados, leídos y escuchados.
Retorno con cariño a mi hogar de niñez en Chillán, y después con mis hijas acá en Talca, al leer un texto: Recuerdo cuando un relato del libro me invadió, cuando su lluvia de palabras escritas caló en mí, cuando comprendí de forma casi dolorosa lo que vertía, cuando tenía la seguridad —íntima, solitaria— de que su autor o autora cambiaba mi vida, volvía a creer que yo, especialmente yo, soy el lector a quien ese libro andaba buscando.
Por ello es muy grave lo que esos burócratas “banales del mal” -en el sentido de Hannah Arendt – han impedido en Talca, pues quizás desconocen que el reconocimiento formal de una obra verificada científicamente o ficticia, cualquiera sea su legítima interpretación o presentación ante su Polis, entraña la sentida inspiración de alguien que lee para ti, que desea tu deleite, dignidad o consuelo, que es: ·un genuino acto de amor y un armisticio en medio de los combates de la vida”.
Cierto. Mientras escuchamos con soñadora atención, al narrador de su libro, se funden en una única presencia, su sola voz y su escritura. Y, de la misma forma nosotros, sus lectores, modulamos para él las inflexiones, las sonrisas tenues, los silencios y las miradas, también su historia se hace nuestra por derecho inalienable.
Y, en ese transitar de reconocimiento formal, en la relación lectura-libro-oyentes, quizás nunca olvidaremos a quien nos relató fragmentos de su obra escrita, de su poesía, de su buen cuento, de su historia investigada y constatada, de una experiencia vital, en la penumbra de una noche o en la mañana de un sábado, como la que Gabriel Rodríguez generosamente se inspiraba a relatarnos su libro, “Auschwitz, Colonia Dignidad y Más. Historias de héroes y canallas”, en el Museo O’Higginiano de Talca.
Termino diciéndole a esos burócratas de baja densidad espiritual o de “saber rasante”, que hace seis mil años, aparecieron los primeros signos escritos en Mesopotamia. Tiempo después, y de forma independiente, la escritura nació también en Egipto, la India y China. En torno al siglo VI a. de nuestra era, nació la prosa y, con ella, los escritores propiamente tales. Que el alfabeto fue una tecnología aún más revolucionaria que el internet, pues construyó por primera vez esa memoria común, expandida y al alcance de todo el mundo. Ergo, ni todo el saber ni la literatura completa caben en una sola mente; sin embargo, gracias a los libros, cada uno de nosotros encuentra las puertas abiertas a todos los relatos y a todos los conocimientos. Por ello, Borges bien solía decir que el libro es: “una extensión de la memoria y de la imaginación”.
Hago votos, para que este tipo de burócratas, que tanto daño han hecho en la historia de la Humanidad, aprendan -que significa corregir una mala conducta o acción- y valoren los libros, pues son consubstanciales a nuestra condición Humana, y a nuestro porvenir.





