PhD. Rodrigo Ignacio Berrios Rojas, Académico y miembro de la Sociedad Española de Pedagogía (SEP).
Toda organización que olvida por qué nació, se aleja de las personas que le dieron sentido. No es una afirmación ideológica, sino una constatación histórica. En regiones como la nuestra, donde la política se mide en cercanía y coherencia, ese contraste se vuelve evidente.
Aristóteles advertía que la política tiene valor cuando se orienta al bien común y no se separa de la sociedad. Coincidiendo con Platón, quien señalaba que la peor injusticia es simular que se sirve al bien común, cuando en realidad se protege el interés de unos pocos, traspasando la barrera ética.
En momentos de elecciones internas en el Partido por la Democracia, no solo se eligen listas, se decide un rumbo. Dos miradas legítimas, pero profundamente distintas. Una opción apuesta por la continuidad, por la comodidad de las decisiones tomadas entre pocos y la otra propone cambio, renovación responsable, memoria y futuro.
Hannah Arendt sostenía que el poder nace cuando las personas actúan en conjunto, no cuando olvidan sus bases porque se pierde confianza.
Renovar no es desconocer la historia. Al contrario, es honrarla. Las organizaciones más fuertes son aquellas que respetan estatutos, reglas y espíritu fundacional; porque entienden que las normas no son obstáculos, sino garantías de convivencia. Confucio lo resumía con sencillez: “Gobernar es rectificar. Si tú das el ejemplo correcto ¿quién se atreverá a permanecer incorrecto?”.
Las malas prácticas dañaron procesos internos, erosionaron el vínculo con la sociedad. Y sin vínculo no hay futuro posible. Frente a esto, la experiencia bien entendida no es inmovilismo porque sabe escuchar, reconoce errores y aprende. Lo decía Albert Camus: “La libertad no es otra cosa que la oportunidad de ser mejores”. Renovar con responsabilidad es precisamente eso: es abrir espacios sin violencia, sin descalificaciones, con respeto, pero con decisión.
El cambio auténtico no grita, convoca. No excluye, integra. No borra, construye. Y sobre todo, no teme mirar al futuro con memoria. Las organizaciones que sobreviven al tiempo son aquellas que aceptan que nadie es dueño del proyecto, porque pertenece a quienes creen, participan y sostienen.
Hoy más que nunca, el llamado es claro: reencontrarse con las bases, volver a la ética, cercanía y respeto. No por nostalgia, sino por responsabilidad. Porque renovar no es traicionar; traicionar es olvidar por qué nos unimos, por qué comenzamos. Renovar no es romper, es corregir el rumbo -continuidad sin autocrítica o renovación responsable-.
El cambio no da miedo, elegir la construcción del futuro es mejor que mantenerla.





