Celinda Lilian Letelier, Dra. en Sociología y Cs Sociales y profesora de Filosofía.
En la primera parte se señala que hay diferentes variables en la cultura política chilena que permitirán comprender la derrota de las izquierdas. Para retomar la auto reflexión, en el seno de las izquierdas y el progresismo en general, se aplicará un “análisis profano (Freud, 1986) a través de la metáfora psicoanalítica de: matar al padre simbólico.
En términos generales, la definición de Padre a nivel social tiene que ver con la necesaria incorporación de la ley y el orden. Es un rol, una función cultural construida que permite introyectar la legitimación de la autoridad, el eslabón entre lo privado y lo público, la necesaria fijación de limites ante la emergencia de la conflictividad, el desborde de lo degradado, el necesario establecimiento de un NO, ante lo abusivo inhumano incivilizado teniendo como referente la ley de prohibición del incesto y la herencia social como patrimonio. A través del uso de ambas, cada generación tendría el imperativo categórico de definir su pertenencia social, y la separación de sus “padres sociales”, el logro de su autonomía, instalando una herencia ético normativa acerca de cómo construir y traspasar el poder político. Este sería el proceso que constituiría el acto de matar al padre simbólico.
Al definir este marco referencia, lo que se busca tentativamente es proponer algunos de los contenidos culturales que, a las izquierdas, le permitan evaluar el estado de la matanza del padre simbólico. Y, se considerarán para ello -como izquierdas políticas existentes-, no solamente a los militantes de los partidos sino a la ciudadanía, los movimientos sociales, los y las independientes de diversas organizaciones en su compromiso, responsabilidad y participación durante estos últimos 4 años en la construcción de gobernanza en el país, teniendo al menos en el recuerdo y en la retina:
-la dimensión de la derrota electoral en los procesos constituyentes, con sus respectivos niveles de problematicidad. Sus efectos.
-el giro de conducción y liderazgo ya desde el primer año de gobierno del expresidente Gabriel Boric, el ejercicio de la gobernabilidad y la gobernanza política en la dimensión de la “delegación de responsabilidad” que hiciera en el ejercicio del poder político para el cual se lo mandató,
-la evaluación de este tipo de liderazgo presidencial, en lo específico, para saber si tuvo efectos de gobernabilidad y articulación hacia las diferentes regiones del país en términos de: la descentralización, la democratización del trabajo territorial, comunal, vecinal.
Las Izquierdas de la Derrota: las del establishment antigua, la universitaria emergente nueva, y la comunista.
En efecto, se entiende por izquierda y centro izquierda en Chile, por una parte, la tradición y praxis de gobernabilidad política desarrollada en conjunto con el Partido Demócrata Cristiano desde el centro, y desde la izquierda en lo que desde el inicio de la transición a la democracia se entiende por Partido por la Democracia, Partido Radical Social Demócrata y Partido Socialista principalmente. Lo que estructuró la Concertación.
Desde las izquierdas más radicalizadas se posiciona el también histórico Partido Comunista incluido ya en la gobernanza política de la Nueva Mayoría generada por Bachelet, y, por cierto, el actual Frente Amplio, que surge de la confluencia de dos partidos preferencialmente generacionales, y también definidos como socialistas, a saber, Convergencia Social y Revolución Democrática. Este último bloque político surge como una articulación cultural de una izquierda generacional radical desde los movimientos universitarios del 2011, y se posiciona en la negación y cuestionamiento crítico de lo que fuera la izquierda tradicional de la concertación, y de algún modo la nueva mayoría. (la izquierda antigua)
Se georreferencia este primer mapa de la configuración de las izquierdas chilenas con el objetivo de identificar un componente cultural de la derrota, a saber:el nivel de conflicto y radicalidad de las interacciones planteadas de manera sostenida hacia el interior de la izquierda del establishment, al momento de la emergencia en el 2011 del movimiento universitario, desde precisamente esta izquierda más radicalizada que busca un posicionamiento político institucional. (la izquierda nueva) Se trata de niveles de conflictividad política y pública que, marcaron y definieron un estado de ánimo beligerante, competitivo, antropofágico, que de manera acumulativa componen el conflicto con el padre socio simbólico proveniente de la izquierda antigua.
En términos generales, esta izquierda nueva fue bien recibida por la sociedad chilena, y por la izquierda institucionalizada antigua en su inicio, debido a la frescura del cambio generacional, con el paso del tiempo y en la peculiar expresión y ejercicio de esa voluntad de poder, en sus niveles de radicalidad, sea en el trato, como en la convivencia creó nudos de polémicas, heridas, y resistencias intergeneracionales no analizadas, no elaboradas, ni debidamente problematizadas y cauterizadas, las cuales, se acumularon en el tiempo hasta hoy día, sobre todo con: el socialismo histórico político y el feminismo histórico político.
Aunque la emergencia de liderazgos universitarios comunistas en conjunto con la Izquierda Autónoma del periodo liderada por Gabriel Boric (U Chile), y el Nau Nueva Acción Universitaria de Giorgio Jackson, (PUC), al calor de las batallas, también incluyó guerrillas culturales de mal trato hacia los viejos estandartes del socialismo democrático, por tratarse de militantes que se posicionaban dentro de la institucionalidad partidaria comunista, no implicaron necesariamente mayores niveles de conflictividad, aunque si se mantuvieron latentes durante todo el mandato del gobierno del Presidente Gabriel Boric.
De hecho, durante los primeros meses del gobierno del expresidente Boric, cuando aún se pensaba en la victoria de la primera constituyente, la mayoría de la izquierda nueva que se arrimaba al poder, y que se paseaba luciendo cargos de gobierno por los pasillos del palacio y a nivel regional, planificó y ejecutó al detalle, la eliminación de los vestigios sobrevivientes de la experiencia de gobierno de la izquierda gubernamental desde 1990 en adelante. Muchos liderazgos con experiencia fueron sacados de las listas de posibles embajadas, posibles ministerios, por el solo hecho de ser socialistas, y tener “experiencia” burocrática gubernamental de conducción.
Posterior a la derrota de la primera asamblea constituyente, y, a los giros que hizo el gobierno del presidente Boric, la “izquierda antigua” logró unificarse para dar el sustento necesario a la gobernabilidad, y una parte de la misma, fue integrada a la gobernabilidad, sin embargo, hasta hoy, ese ejercicio está: sin evaluación, sin accountability, sin seguimiento de responsabilidades propias a la gobernanza realizada, y a la posibilidad de proyección. Por lo tanto, los niveles de malestar y de tensión de las interacciones entre las izquierdas fuera y dentro de gobierno no se resolvieron.
Desde una visión más socio analítica, podría decirse que, el proceso de “matar al padre simbólico” que se había gatillado desde el 2011 se detuvo, e hizo una involución en los contenidos de su rebeldía, mascullando la disconformidad, el malestar, el fracaso y dilatando la venganza. En este sentido, las elecciones presidenciales y parlamentarias del 2025 concibieron una unidad desde arriba, sin haber conseguido cuajar una alianza de gobierno empoderada hacia abajo. Por lo tanto, lo que se presentó al país fue: una voluntad de poder para continuar administrando lo que se tenía, pero en el trasfondo, no se traspasó a la ciudadanía un relato consistente, coherente, sustantivo que refrendara una visión común de amistad cívica, de trabajo en equipo, de consensos sustantivos incluida las herencias institucionalizadas.
Tampoco se articuló en el periodo, desde el gobierno, un trabajo político en el territorio, en las comunas con los vecinos que respaldara lo anterior. Es decir, se trató de una unidad que no articuló a las izquierdas de manera consistente, coherente, entre otras cosas por la dimensión generacional de la izquierda emergente que no logró convocar para este segundo proceso.
El Conflicto Inter Generacional en las Izquierdas: matar al padre simbólico
Otro dato que expresó este quiebre, se puede identificar a través de la compleja relación intergeneracional al interior de las izquierdas: la antigua del socialismo democrático y la nueva del Frente Amplio. Si bien es cierto, inicialmente existió aceptación hacia la nueva generación de izquierda exitosa, que incluso pudo entenderse como un apoyo incondicional por tratarse de relaciones casi familiares como las que se estructuran entre padres, madres, abuelas y abuelos con sus hijos e hijas. Con el paso de los días, en la ejecución y ejercicio del poder político propiamente tal, esta relación se fue deteriorando. Y, los contenidos en disputa se invisibilizaron de cara al imperativo de gobernar.
Al inicio, los baby boomers de la izquierda antigua tuvieron una buena disposición hacia el gobierno de Boric, pero al constatar el empoderamiento avasallador, prepotente, basado en una superioridad moral inexistente, dejaron lentamente de mostrar adhesión de manera general a todos los liderazgos provenientes de esa nueva camada. Establecieron una distancia social. Se pasó de la chochera al silencio. Y, aunque en los casos de las dirigencias gubernamentales y parlamentarias lograron converger en acuerdos de gobernabilidad, esa acumulación de saber, no fue traspasado hacia las bases de las militancias de las izquierdas, tampoco a las fuerzas independientes, porque además se trataba de elaborar los limites aceptables de la conflictividad entre padres e hijos que se disputan un mismo nicho electoral y una misma identidad. Es el caso del socialismo. Y es el caso de la afectividad en un parricidio socio simbólico no resuelto. La izquierda nueva no había logrado la ansiada autonomía, y en cambio, se instalaba en una convivencia forzada.
Históricamente se prepara a los padres para que estén al lado de los hijos e hijas, se trata de apoyarlos en sus emprendimientos, luchas, derrotas y victorias. Sin embargo, este tipo de ocurrencia en el espacio de la política al parecer no termina de resolverse del mismo modo. Es decir, la mayoría de las izquierdas antiguas tenían claro que debían dar paso a esta nueva generación en la conducción del poder político, y agradecieron al inicio al presidente Boric su disponibilidad para aceptar el desafío. Pero, en el camino, comenzaron a percibir que la instalación de la gobernanza, a nivel país, traía consigo la exclusión, la denostación política, la descalificación de la experiencia, el déficit de integración y/o cancelación. La desprolijidad en términos de afectividad cívica en el trato público, implicó que los baby boomers fueran tomando distancia social, y cultivando un cierto ensimismamiento porque como padres simbólicos sociales no podían escenificar la ruptura. Se sentían responsables de sustentar, sostener en funcionamiento, estabilizar, legitimar la democracia, respetar la constitución y la legalidad vigente hasta el fin del gobierno.
Esta distancia social y ensimismamiento de la izquierda antigua contenía, por una parte, el reconocimiento del liderazgo personal del presidente en el sentido que este trasmitía un esfuerzo y un refuerzo que ponderaba una cierta consideración, al menos en el aspecto comunicacional. Pero, por otra parte, este mismo gesto no se traspasaba ni se traspasó a los y las líderes empoderados de la nueva izquierda del Frente Amplio y comunistas. Tampoco al diseño y la planificación estratégica de la gobernanza por y para la unidad. Tampoco hacia la competitividad electoral y sus formas de fair play. En este sentido, los últimos dos años de gobierno del presidente Boric fueron de una ambivalencia afectiva dura y estresante: necesitaban de los padres, ya que no habían podido prescindir de ellos para gobernar, pero, en verdad en el fuero interno, querían completar la matanza del parricidio simbólico en el escenario electoral. Y lo hicieron, además, azuzando la rebeldía de matar al padre simbólico de los jóvenes socialistas pertenecientes al socialismo democrático de la vieja izquierda patrimonial.
Mientras de una parte se afirmaba en lo público que la generación de la izquierda antigua estaba incorporada en ministerios importantes del gobierno, por otra parte, la izquierda nueva criticaba en el malestar larvado, la presencia del socialismo democrático en la gobernanza de Boric. Mientras se hablaba de la necesaria unidad para enfrentar las críticas y la emergencia de la ultraderecha, se acumulaban las insatisfacciones de tener que compartir el ejercicio del poder, los puestos de gobierno, y por sobre todo la identidad socialista. Para la generación nueva, tener que convivir con el patrimonio del socialismo democrático, sus 93 años de historia del PSCH, se constituía diariamente en la mayor ofensa indigesta de un parricidio simbólico frustrado que no ha sido “tratado” aunque sea desde el análisis profano, hasta hoy.
Con este proceso a cuestas, se le pidió a la izquierda antigua, cansada de contradicciones parricidas, fratricidas, antropofágicas, sin digerir, sin poner límites, que saliera a la calle hacer el trabajo de la política electoral. En este contexto, la derrota presidencial, puede entenderse como un acto de sobrevivencia y resiliencia de la izquierda socialista antigua de los baby boomers de cara a la matanza simbólica del padre no resuelta dentro de su propia historia política como generación ochenta.
Carolina Tohá en su libro La Política Se Metió Conmigo (2026) habla sobre este nivel de problematicidad de la generación de izquierda socialista de los baby boomers. Esta conflictividad se arrastra desde la transición a la democracia. Mirándose en el espejo, tampoco definió su propia autonomía, su propia construcción de poder, y por lo mismo prendió rápido (se proyectó) en la generación de Boric. El tema es que lo hizo: sin elaborar su propia forma de matar al padre, sin verificar el estado de la aceptación mutua simbólica y social entre padres e hijos, sin haber fijado límites de una ética de mínimos, y de normas compartidas, sin la evaluación de la delegación del ejercicio del poder, y sin considerar la propia autonomía, el buen trato y la sana convivencia social entre padres e hijos e hijas.



