Iván Palomo G. Director, Centro de Longevidad VITALIS, Universidad de Talca; Coordinador del Centro Interuniversitario de Envejecimiento Saludable (CIES-CUECH) y de la Red Interuniversitaria de Envejecimiento Saludable de Latinoamérica y Caribe (RIES-LAC).
Cuando pensamos en los factores que influyen en la salud solemos mencionar la alimentación, la actividad física, el tabaquismo o las enfermedades crónicas. Sin embargo, existe otro factor menos visible que afecta profundamente la salud y el bienestar de las personas: la soledad.
La soledad no consiste simplemente en estar solo. Muchas personas disfrutan de momentos de tranquilidad y mantienen una vida plena aun viviendo solas. La verdadera soledad aparece cuando existe una diferencia entre las relaciones que una persona desea tener y aquellas que efectivamente posee.
Por ello, una persona puede sentirse sola estando rodeada de gente, mientras otra puede vivir sola sin experimentar sentimientos de aislamiento.
Durante los últimos años, numerosos estudios han demostrado que la soledad no deseada se asocia con un mayor riesgo de depresión, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares, fragilidad, dependencia e incluso mortalidad. La evidencia acumulada ha llevado a reconocer la soledad no deseada y el aislamiento social como importantes factores de riesgo para la salud.
Las personas mayores pueden enfrentar situaciones que aumentan esta vulnerabilidad: jubilación, viudez, migración de familiares, limitaciones de movilidad o reducción progresiva de los espacios de participación social. Sin embargo, sería un error considerar la soledad como una consecuencia inevitable del envejecimiento.
La mayoría de las personas mayores mantiene vínculos significativos con familiares, amigos, vecinos y organizaciones comunitarias. Muchas participan activamente en clubes, agrupaciones sociales, actividades culturales, religiosas o de voluntariado. Estas redes representan una fuente invaluable de apoyo, compañía y sentido de pertenencia.
En regiones como el Maule, donde persisten fuertes tradiciones comunitarias y una importante vida asociativa, existe una oportunidad para fortalecer estos vínculos y prevenir situaciones de aislamiento. Los clubes de personas mayores, los centros diurnos, las organizaciones vecinales, los espacios culturales y las universidades para mayores constituyen ejemplos concretos de entornos que favorecen la participación y la integración social.
La participación no sólo mejora la calidad de vida. También protege la salud.
Sentirse parte de una comunidad ayuda a mantener la autoestima, estimula la actividad física y cognitiva, favorece el intercambio de experiencias y fortalece la percepción de propósito, un elemento cada vez más reconocido como componente esencial del envejecimiento saludable.
En una sociedad que envejece, combatir la soledad no significa únicamente ofrecer compañía. Significa crear oportunidades para que las personas continúen participando, aportando y desarrollando proyectos significativos.
Porque las personas mayores no necesitan únicamente cuidados.
Necesitan seguir sintiéndose parte de la vida colectiva.
Y cuando una comunidad logra que sus integrantes se mantengan conectados, activos y valorados, no sólo protege la salud y el bienestar de las personas mayores. Se fortalece ella misma.






