Diego Palomo. Abogado. Doctor en derecho procesal y académico de la Universidad de Talca.
“Il vecchio mondo sta morendo. Quello nuovo tarda a comparire. E in questo chiaroscuro nascono i mostri”. La célebre frase de Antonio Gramsci, escrita al calor de una Europa convulsionada y utilizada tantas veces para explicar el ascenso del fascismo, conserva una inquietante actualidad. Hay frases que envejecen rápido. Otras, en cambio, parecen esperar pacientemente el momento histórico preciso para volver a interpelarnos. Esta es una de ellas.
Porque lo que describe Gramsci no es solamente una crisis política. Es algo más profundo: el agotamiento de una forma de entender el mundo, sin que exista todavía una nueva capaz de reemplazarla con estabilidad, sentido y legitimidad. Y allí, justamente allí, en ese espacio gris, incierto, fatigado y emocionalmente inflamable, aparecen los “mostri”. No necesariamente con uniformes militares ni con la estética de los totalitarismos clásicos. Los monstruos de hoy suelen llegar vestidos de soluciones simples, discursos identitarios, nacionalismos emocionales, enemigos claros y promesas instantáneas de orden, seguridad o grandeza perdida.
Europa vuelve a ser un laboratorio especialmente sensible de este fenómeno. El crecimiento electoral de partidos de ultraderecha en países con larga tradición democrática no puede leerse como una simple anécdota coyuntural ni como un accidente pasajero. Hay allí una señal más profunda: amplios sectores sociales han comenzado a percibir que las estructuras tradicionales de representación política ya no responden adecuadamente a sus temores, incertidumbres o frustraciones.
La inmigración descontrolada, la inseguridad, la sensación de pérdida de identidad cultural, el agotamiento económico de las clases medias y una burocracia europea frecuentemente distante del ciudadano común han generado un terreno fértil para discursos radicales que prometen recuperar control, soberanía y orden.
Pero sería demasiado cómodo —y probablemente intelectualmente deshonesto— despachar el fenómeno reduciéndolo a ignorancia colectiva o mero extremismo irracional. Las democracias se debilitan también cuando las élites políticas y culturales dejan de escuchar, relativizan problemas evidentes o se refugian en superioridades morales incapaces de dialogar con el malestar social real.
Allí comienza a incubarse el resentimiento. Y el resentimiento político rara vez permanece huérfano de representación por demasiado tiempo.
Latinoamérica, aunque desde coordenadas históricas distintas, tampoco aparece inmune a esta lógica del claroscuro. La región arrastra hace décadas una combinación explosiva: desigualdad persistente, instituciones débiles, corrupción estructural, aumento de la violencia delictual, Estados frecuentemente ineficaces y democracias incapaces de cumplir las expectativas que ellas mismas generan.
En ese escenario, el péndulo político se ha vuelto cada vez más brusco. El agotamiento frente a ciertos proyectos progresistas o populistas de izquierda ha abierto espacio a liderazgos de derecha radical que se presentan como correctivos drásticos frente al desorden, el relativismo o la inseguridad.
El problema es que los extremos suelen alimentarse mutuamente. Cada exceso de un lado fortalece al otro. Cada caricatura ideológica produce su contracaricatura. Y así, lentamente, la política deja de ser un espacio de deliberación racional para transformarse en un campo de trincheras puramente emocionales.
El adversario ya no es alguien equivocado: pasa a ser alguien moralmente inaceptable. Y cuando eso ocurre, las democracias comienzan a perder uno de sus pilares esenciales: la capacidad de convivir en la diferencia.
No deja de ser paradójico que, en una época de avances tecnológicos extraordinarios, hiperconectividad y abundancia informativa, proliferen simultáneamente discursos simplificadores, liderazgos autoritarios y desconfianza hacia las instituciones. Pero quizá no haya verdadera paradoja. Tal vez precisamente la velocidad, la incertidumbre y la fragmentación propias de este tiempo expliquen parte importante del fenómeno.
Las sociedades cansadas suelen deslumbrarse y enamorarse de quienes prometen certezas.
Por eso conviene mirar este momento con prudencia y sin ingenuidades. Ni demonizando automáticamente a quienes adhieren a opciones de ultraderecha, ni normalizando sin reflexión discursos que erosionan principios democráticos básicos.
Las democracias liberales no se destruyen únicamente mediante golpes violentos. También pueden deteriorarse gradualmente desde dentro, bajo aplausos electorales, fatiga ciudadana y promesas de eficacia inmediata.
Gramsci comprendió algo decisivo: los monstruos no nacen solo de la maldad. Nacen, muchas veces, de los vacíos. De la incapacidad de las democracias para ofrecer horizontes compartidos, certezas mínimas y respuestas razonables frente al miedo, la inseguridad o la frustración.
El claroscuro no produce automáticamente monstruos. Pero ciertamente los facilita.
Y quizá allí radique el verdadero desafío de nuestro tiempo: evitar que el cansancio democrático termine convirtiéndose en una peligrosa nostalgia por soluciones incompatibles con la propia democracia.
Ojalá no sea demasiado tarde y los “mostri” sean espantados más temprano que tarde.





