No basta con vivir más años

Iván Palomo G. Director, Centro de Longevidad VITALIS, Universidad de Talca; Coordinador del Centro Interuniversitario de Envejecimiento Saludable (CIES-CUECH) y de la Red Interuniversitaria de Envejecimiento Saludable de Latinoamérica y Caribe (RIES-LAC).

Durante décadas, uno de los principales objetivos de la salud pública fue aumentar la esperanza de vida. Y los resultados han sido extraordinarios. Hoy vivimos muchos más años que nuestros padres y abuelos. Enfermedades que antes provocaban una muerte temprana pueden prevenirse o tratarse, y millones de personas alcanzan edades que hace apenas un siglo parecían excepcionales.

Pero junto con este logro ha surgido una pregunta cada vez más relevante: ¿Basta con vivir más años?

La respuesta es no.  Tan importante como la cantidad de años que vivimos es la forma en que vivimos esos años. Una persona puede alcanzar los 80, 90 o más años de edad, pero la experiencia de esa longevidad será muy diferente según conserve o no su autonomía, movilidad, capacidad de decisión y participación social. 

Por ello, cada vez cobra mayor importancia el concepto de esperanza de vida saludable, es decir, los años que una persona puede esperar vivir manteniendo un buen nivel de salud, autonomía y participación.

Este desafío adquiere especial relevancia en el Maule, una de las regiones más envejecidas del país, donde cada vez más personas aspiran no sólo a vivir más años, sino también a vivirlos con autonomía y calidad de vida.

Por esta razón, organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud han comenzado a poner el foco no sólo en la supervivencia, sino también en la capacidad funcional. Este concepto se refiere a la posibilidad de realizar aquello que una persona considera valioso para su vida: desplazarse, relacionarse con otros, participar en actividades significativas, tomar decisiones y mantener su independencia.

La autonomía constituye uno de los bienes más apreciados por las personas mayores. Cuando se pregunta qué desean para su futuro, la respuesta suele ser sencilla: seguir siendo capaces de valerse por sí mismas el mayor tiempo posible.

Afortunadamente, el envejecimiento no implica necesariamente dependencia. Muchas personas mayores mantienen una vida activa, participan en organizaciones comunitarias, realizan actividad física, continúan trabajando o desarrollan nuevos proyectos personales. La edad por sí sola no determina el nivel de funcionamiento.

Sin embargo, la autonomía tampoco aparece por azar. Es el resultado de múltiples factores acumulados a lo largo de la vida: educación, alimentación, actividad física, acceso a la salud, vínculos sociales, condiciones laborales y oportunidades de participación.

Por eso, cada vez existe mayor consenso en que el envejecimiento saludable comienza mucho antes de la vejez. Como señaló recientemente una destacada especialista uruguaya en geriatría y gerontología, “debemos modelar la vejez autónoma desde la infancia”. La afirmación resume una verdad fundamental: la forma en que vivimos hoy influye en cómo envejeceremos mañana.

En regiones como el Maule, donde la proporción de personas mayores seguirá aumentando durante las próximas décadas, promover la autonomía debe transformarse en una prioridad colectiva. No sólo para el sistema de salud, sino también para las familias, los municipios, las organizaciones sociales, las universidades y las propias comunidades.

El desafío de una sociedad longeva no consiste simplemente en agregar años a la vida. Consiste en agregar vida a esos años. Porque la autonomía en la vejez no comienza a construirse a los 60 años; comienza a construirse desde la infancia.

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