Iván Palomo G. Director, Centro de Longevidad VITALIS, Universidad de Talca; Coordinador del Centro Interuniversitario de Envejecimiento Saludable (CIES-CUECH) y de la Red Interuniversitaria de Envejecimiento Saludable de Latinoamérica y Caribe (RIES-LAC).
Durante mucho tiempo se pensó que el envejecimiento dependía principalmente de factores biológicos y de las decisiones individuales relacionadas con la salud. Sin embargo, hoy sabemos que existe otro elemento igualmente importante: el lugar donde vivimos.
No se envejece de la misma manera en todos los lugares.
La calidad de la vivienda, el acceso a servicios de salud, la disponibilidad de transporte, la existencia de espacios públicos seguros, las oportunidades de participación social e incluso las características geográficas de una comunidad influyen en la forma en que las personas envejecen.
El envejecimiento no transforma únicamente a las personas. También transforma los territorios.
La Región del Maule es un ejemplo especialmente ilustrativo de esta realidad. Algunas comunas presentan proporciones crecientes de personas mayores, especialmente en sectores rurales donde la migración de jóvenes hacia centros urbanos ha modificado progresivamente la estructura demográfica. En estos lugares, el envejecimiento no es solamente una característica individual, sino también una característica del territorio.
Sin embargo, el envejecimiento rural no debe interpretarse únicamente como una dificultad. Muchas comunidades rurales conservan fortalezas que pueden favorecer el bienestar en edades avanzadas: relaciones vecinales más estrechas, sentido de pertenencia, contacto con la naturaleza y redes de apoyo construidas durante décadas.
Al mismo tiempo, enfrentan desafíos importantes. La distancia a centros de salud, las dificultades de transporte, la menor disponibilidad de servicios especializados y la dispersión geográfica pueden aumentar la vulnerabilidad de las personas mayores.
Las ciudades tampoco están exentas de problemas. Aunque suelen disponer de una mayor oferta de servicios, también pueden generar aislamiento, inseguridad, dificultades de movilidad o debilitamiento de los vínculos comunitarios.
Por ello, la pregunta relevante no es si resulta mejor envejecer en el campo o en la ciudad. La verdadera pregunta es cómo construir territorios capaces de favorecer la autonomía, la participación y la calidad de vida de las personas mayores.
Esta perspectiva ha dado origen a conceptos como ciudades y comunidades amigables con las personas mayores, promovidos por organismos internacionales y adoptados progresivamente en numerosos países. La idea es sencilla: adaptar los entornos a las personas y no exigir que las personas se adapten permanentemente a entornos que muchas veces fueron diseñados sin considerar el envejecimiento de la población.
En los próximos años, el Maule enfrentará el desafío de transformarse en una región cada vez más amigable con las personas mayores. Ello requerirá políticas públicas, planificación territorial, participación comunitaria y una mirada de largo plazo.
Porque el envejecimiento no ocurre en el vacío. Ocurre en los barrios, en las calles, en las plazas, en los centros de salud, en las organizaciones comunitarias, en las universidades, en las localidades rurales y en las ciudades.
Planificar ciudades, barrios y localidades pensando en una población que envejece ya no es una opción para el futuro. Es una necesidad del presente. Cada decisión sobre transporte, vivienda, espacios públicos o servicios terminará influyendo en la forma en que miles de personas vivirán su vejez.
Y esos lugares, muchas veces, pueden marcar la diferencia entre una vejez con oportunidades y una vejez llena de barreras.
Cuidar nuestros territorios es, también, una manera de cuidar la forma en que todos envejeceremos.




