Chile: “El hombre masa”

Jorge Navarrete Bustamante.Profesor, Doctor y Académico de la FEN de la Universidad de Talca. Presidente del Consejo de la sociedad Civil del Maule. Past President de la Junta de Adelanto del Maule.

Debo haber tenido 19 años cuando en la biblioteca en mi hogar, tome el libro “La Rebelión de las Masas”.

A poco de empezar a leerlo, lo dejé.

Mi papá me consultó ¿Qué te pareció el libro?

Y le respondí que no había mucho que aprender de Ortega y Gasset pues, supuse -de lo brevemente leído- que agraviaba a los pueblos y a la democracia, la misma que habíamos perdido en Chile siendo reemplazada por una cruel dictadura, que además enclaustraba y arrebataba la dignidad a miles de chilenas y chilenos.

Mi papá sabiamente me recomienda leerlo completo, pues por lo demás fundamentó: Hijo querido, “es peligroso el hombre que lee un solo libro”.

Así que retome la lectura de ese texto, escrito en 1930, en un contexto complejo en que ya se vislumbraba el poder de las masas imbuidas de falacias supremacistas y de exterminios tan propias del Fascismo en Italia, y del Nazismo en Alemania. Las mismas que se avizoraban para España, y que Ortega y Gasset, trataba de prevenir, aunque algunos fascistas ibéricos le admiraban, como el cofundador de la Falange Española, Primo de Rivera.

En el primer capítulo, titulado “El hecho de la aglomeración”,  Ortega y Gasset describe al sujeto de esta sencilla columna:

“Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas «internacionales». Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por meros idola fori; carece de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga -sine nobilitate-, snob”.

Esclarecí entonces, que Ortega y Gasset no se refería a una clase social, sino a un tipo de individuo, presente en todas las clases sociales, con un “estado mental” vacío de proyectos propios, que se conforma con la mediocridad; que asumía los beneficios de la civilización como si fueran un fenómeno de la naturaleza y no de la sociedad, mucho menos del Estado democrático; y creyendo que tiene derecho a todo, aunque no asume responsabilidades ni deberes hacia los demás o hacia la cultura que precisamente sostiene su vida.

Efectivamente, se trata de un individuo promedio que consume los beneficios de la civilización y de la democracia liberal, pero que ignora el esfuerzo que los creó; que impone su vulgaridad, exige derechos sin obligaciones; rechaza las normas, a la autoridad superior; se resiste con desprecio a escuchar a quienes saben más; y amenaza -alerta Ortega y Gasset- con destruir los valores, la cultura y la excelencia intelectual. 

Es además, un sujeto conformista que no se valora a sí misma “se siente como todo el mundo”, valorando la cantidad sobre la calidad. No se exige así mismo nada especial, pues carece de disposición para la superación personal, el esfuerzo o reconocimiento a normas superiores sean intelectuales, morales o de excelencia.

Así, al sentirse perfecto tal como es, el “hombre-masa” se niega a escuchar razones ajenas, no razona ni debate; tiende a exponer -cuando opina- y a imponer sus opiniones de manera vulgar, y por la fuerza bruta de la mayoría; además, siente desafección por las minorías selectas que se exigen más a sí mismas.

“Es que está satisfecho tal y como es. Igualmente, sin necesidad de ser vano, como lo más natural del mundo, tenderá a afirmar y dar por bueno cuanto en sí halla: opiniones, apetitos, preferencias o gustos”. ¿Por qué no sí, según hemos visto, nada ni nadie le fuerza a caer en la cuenta de que él es un hombre de segunda clase, limitadísimo, incapaz de crear ni conservar la organización misma que da a su vida esa amplitud y contentamiento, en los cuales funda tal afirmación de su persona?”, le describe Ortega y Gasset.

Lo preocupante es que en este Chile del siglo XXI, ese “hombre-masa”, no deja de ser gravitante en nuestro transcurrir como sociedad, aunque tal vez con otro registro.

En efecto, si bien tampoco se define por su clase social ya que está presente en todo el espectro social, sino por su psicología, por su “estado mental” y manera de actuar, asume el bienestar material y los beneficios sociales que les concede el Estado y la sociedad chilena, como un derecho adquirido fruto del acaso, de la naturaleza o “merecimiento propio”, inclusive  menosprecia el mérito y el esfuerzo de superación, configurando lo que Ortega llamaba, “el derecho a la vulgaridad”, donde la masa impone sus gustos e inercias sobre cualquier intento de distinción o excelencia.

Asimismo, en la plaza pública -que ahora es más digital- exacerba el comportamiento de éste “hombre-masa” al diluir su responsabilidad individual. El sujeto contemporáneo busca la validación inmediata, identificándose con grupos o facciones que le otorgan un sentido de pertenencia sin exigirle mayor reflexión o pensamiento crítico. Este anonimato y gregarismo digital facilitan la polarización y la manipulación populista, fomentando una cultura de cancelación o linchamientos virtuales donde el objetivo es aplastar al que disiente para mantener una uniformidad ideológica “hacia abajo”.

Todo lo anterior, ha fragmentado el sentido de comunidad. Paradojalmente, la desconfianza transversal del “hombre-masa” chileno hacia las élites políticas, culturales y empresariales, lo aíslan aunque está “super” e  hiperconectado.

Este fenómeno ha gestado una profunda crisis de autoridad, una atomización y vulgarización de nuestra sociedad chilena, en donde el “hombre masa” también “afirma” representantes en las instituciones, que le son funcionales.

 Así, la preeminencia de la “cuña”, de la demagogia, del populismo, de la posverdad o del fake news que hemos testimoniado en campañas presidenciales y parlamentarias, suelen generar un pesimismo generalizado respecto al futuro, que contrasta con el optimismo integrador que existía en el país hace apenas 20 años.

¿Qué hacer?

Hoy más que nunca necesitamos de refinadas “minorías que quieran tener la razón”. Necesitamos de minorías de excelencias que se arriesguen a intervenir en el debate público, que ilustre a las audiencias, que modere el debate.

Esto es  imprescindible de hacer.

Las sociedades no funcionan sanamente sin esas minorías de excelencias, tal como también lo alertaba Max Weber en la República de Weimar.

Sin  minorías de excelencia nuestro país andará “al garete”, como se ha esbozado desde hace un tiempo, ya estamos  transformándonos en simple democracia de esos “hombres de masas”.

Empero, hoy día -y eso es lo penoso- casi nadie quiere tener la razón. Gran parte de los intelectuales, quieren ser populares pero no quieren tener la razón.

El desafío es que necesitamos intelectuales que quieran tener la razón. Y en ello,  los académicos y los profesores no son fútiles, pues sin estos, las sociedades pierden conducción, pierden tonicidad intelectual; y se transforman en “pasto” de demagogos, de populistas, de charlatanes.

Necesitamos entonces, de intelectuales chilenos y chilenas que clamen en esta vorágine; que ayuden a ordenar el discernimiento colectivo.

Porque si todos y todas enmudecen por comodidad o por miedo; si se recluyen en sus pequeñas torres de marfil, que muchas son las universidades, si nos dedicamos sólo a escribir papers internacionales indexados para tener mejores puntajes, si los intelectuales se transforma además en eso:  estamos también perdidos.

Reitero, a costa de parecer reiterativos. Necesitamos intelectuales públicos. Es decir, de personas que crean que la disciplina que cultiva, es para escuchar empáticamente y  entender las preguntas que efervescente en la esfera pública.

Esos son los intelectuales de veras; los otros no son intelectuales son académicos (que también se necesitan), pero que suelen ser una forma sofisticada del obrero industrial del fordismo, que fabricaba minuciosamente piezas de ingeniería como ahora se hacen “papers”. No, necesitamos también intelectuales, sujetos que se involucren en el debate público que aspiren a modelar la esfera pública y que se comprometan personalmente a abordar los temas que aquejan a la ciudadanía y a la comunidad de la que forma parte; eso es lo que necesitamos.

De lo contrario, se enarbolará el “Hombre masa”, y se irá deteriorando nuestra existencia, la vida democrática y nuestra más genuina Humanidad.

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