Diego Palomo. Abogado. Doctor en derecho procesal y académico de la Universidad de Talca.
Durante el último tiempo, parte de la “nueva” derecha chilena miró hacia Argentina con una mezcla de fascinación y esperanza. Javier Milei apareció como la expresión de una ruptura total con un modelo agotado.
El cansancio frente al kirchnerismo, los escándalos de corrupción, la inflación descontrolada, el deterioro institucional y el descrédito de la política tradicional parecían haber abierto paso a una fórmula nueva, disruptiva, radical y aparentemente simple. Tan simple que, por momentos, daba la impresión de que bastaba con aplicar ciertas operaciones matemáticas al funcionamiento de la economía para corregir décadas de decadencia.
No fueron pocos quienes en Chile abrazaron esa experiencia como referencia. Había afinidades ideológicas evidentes. Coincidencias en materia económica, en cuestiones valóricas, en el discurso contra la burocracia, contra “la casta”, contra el Estado sobredimensionado. Y aquello quedó simbólicamente ratificado desde el primer momento en que el Presidente Kast decidió que su primera visita oficial al extranjero sería justamente a Argentina y al entorno político de Milei. El mensaje era claro. Había admiración. Había cercanía. Había también una voluntad de proyectar hacia Chile la idea de que ese camino podía transformarse en una especie de modelo regional.
Pero las sociedades no funcionan como una pizarra. Y la política tampoco.
Porque una cosa es la potencia de un discurso electoral y otra muy distinta es gobernar. Una cosa es construir un relato de salvación y otra sostenerlo cuando la vida cotidiana empieza a tensionar las promesas. Y eso es precisamente lo que ha comenzado a ocurrir en Argentina.
La ciudadanía argentina estaba dispuesta a soportar costos. Eso era evidente. Después de años de frustración acumulada, muchos aceptaron la idea de que había que hacer sacrificios para ordenar el país. Había disposición a esperar. A tolerar. A aguantar.
Pero las sociedades tienen límites. Especialmente cuando comienzan a advertir que las promesas de recuperación rápida no llegan, que el poder adquisitivo continúa deteriorándose, que el empleo no despega, que los adultos mayores viven con creciente incertidumbre y que buena parte de la juventud sigue atrapada en el desempleo o en la precariedad.
Y allí aparece un problema que suele ser fatal para cualquier proyecto político: la distancia entre el relato y la realidad.
Porque los gobiernos pueden resistir dificultades económicas. Incluso pueden sobrevivir a medidas impopulares. Lo que difícilmente logran soportar indefinidamente es la sensación extendida de engaño. La impresión de que detrás de la épica moralizadora terminan reproduciéndose las mismas prácticas que antes se denunciaban con furia casi religiosa.
Por eso los escándalos importan tanto. Porque tienen un efecto simbólico devastador. Derrumban la superioridad moral autoproclamada. Y en Argentina, episodios ligados a figuras cercanas al poder – como el caso de uno de los más cercanos a Milei, Adorni – comienzan a instalar precisamente esa incomodidad. No porque expliquen por sí solos el desgaste del gobierno, sino porque muestran algo mucho más profundo: que la corrupción, el abuso o las deformaciones del poder no pertenecen a un solo sector político. No son patrimonio exclusivo de la izquierda ni de la derecha. Son riesgos permanentes de cualquier grupo humano que se sirve del poder y empieza a actuar desde esa trinchera.
Ese es probablemente el principal error de muchos proyectos pretendidamente refundacionales. Creer que basta con cambiar de signo ideológico para inmunizarse frente a las miserias e inmundicias que no pocas veces muestra la política. Como si el problema fuera únicamente quién gobierna y no también cómo se gobierna, cómo se ejerce el poder, cómo se comunica, y cómo se armonizan los distintos intereses y valores en juego.
La historia enseña que la semilla de la contaminación de inicio no es pública. Primero aparecen las justificaciones que bajan el perfil a determinados actos. Después aparecen los largos silencios estratégicos. Más tarde viene la protección corporativa. Y finalmente la ciudadanía empieza a advertir que aquello que se prometía combatir se parece demasiado a aquello que se terminó concretando.
Y cuando eso ocurre, el desgaste deja de ser únicamente político. Pasa a ser incluso moral y emocional. Social. Cultural. La frustración se vuelve más intensa porque no proviene solo del fracaso, sino de la total y más absoluta decepción. De haber creído. De haber confiado. De haber aceptado sacrificios esperando algo distinto.
Por eso mirar hoy a Argentina es una fuente de información importante. Parece que conviene mirar la experiencia argentina con menos entusiasmo ideológico y con mucha más prudencia de la mostrada en campaña y los primeros meses de gobierno.
Pero para bien o para mal no somos Argentina. Aunque conviene tener a la vista, también, lo que en este momento está pasando allá, de verdad y no bajo la aceitada máquina propagandística de la extrema derecha latinoamericana.





